¿Abrazo demasiado a mis hijos?

Por Marcela Infante

 

Es común que las madres, especialmente las jóvenes y primerizas, me pregunten si su forma de relacionarse con sus pequeños hará de ellos seres co-dependientes e inseguros. Como terapeuta, descubro en ellas mucha confusión alrededor del impacto que su manera de cuidar de su bebé pueda tener en su vida futura.

Con tanta información, contradictoria y compleja, alrededor de lo que es correcto o incorrecto hacer con nuestros hijos, me ha parecido importante hacer algunas aclaraciones.

Como resultado de la influencia de muchas escuelas espirituales y filosofías místicas, hemos aprendido que el apego es una experiencia negativa, que se distingue por una actitud de codependencia y rigidez. Sin embargo, desde hace años, la psicología, ha sostenido que existe una forma de apego sana y deseable, que nos permite, desde pequeños, relacionarnos de forma significativa y profunda con quienes nos rodean.

En el contexto de la psicología, se conoce como “apego” a la habilidad individual para formar y mantener relaciones o vínculos; es decir, se refiere a la búsqueda de compañía o proximidad de alguien.

Estos vínculos significativos que tejemos con quienes nos rodean, toman muchas formas y son absolutamente necesarios para que, cualquier ser humano, pueda, no solo sobrevivir, sino crecer, aprender, amar y desarrollarse. Dentro de nuestros círculos humanos más fundamentales, como la familia y los amigos, quedamos vinculados o apegados con una especie de “adhesivo emocional”, que nos permite aprender a amar,  a ser empáticos y solidarios, a trascender nuestro egoísmo infantil y a pensar en los demás, sus necesidades y deseos.

Es pues, muy importante, poder distinguir el término “apego” en estos dos diferentes contextos y comprender cómo, en cada uno de ellos, se hace hincapié en un significado diferente.

En la evolución y formación psicológica del infante, el apego más importante es el que se da con la madre (o figura substituta). El afecto, el deseo de compartir, el inhibirse de agredir, la capacidad de amar y ser amado, y un sinnúmero de características de una persona asertiva, operativa y feliz, están asociadas a las capacidades de apego formadas en la infancia y niñez temprana, y generalmente es la madre quien opera como nuestra primera experiencia de vinculación.

Este primer  vínculo de apego requiere de dos elementos claves para ser sano y promotor de la salud. En primera instancia, es una relación emocional que debe ser perdurable con una persona en específico. En segundo lugar, dicha relación debe producir seguridad, sosiego, consuelo, agrado y placer. Por ello, la pérdida o la amenaza de pérdida de la persona, evoca siempre una intensa ansiedad.

Esta relación ofrece el andamiaje funcional para todas las relaciones subsecuentes que el niño desarrollará en su vida. Una relación sólida y saludable con la madre (o figura substituta como cuidador primario), se asocia con una alta probabilidad de crear relaciones saludables con otros; mientras que un pobre apego parece estar asociado con mayor tendencia a problemas emocionales y conductuales a lo largo de la vida.  

Cuando este primer vínculo es fuerte y seguro, la persona es capaz de establecer un buen ajuste social. Por el contrario, la separación emocional de la madre o la ausencia de afecto y cuidado, pueden provocar una personalidad poco afectiva y desinterés social. La baja autoestima, la vulnerabilidad al estrés y los problemas en las relaciones sociales están asociados con vínculos poco sólidos. Asimismo, si las experiencias de vínculo han sido negativas y graves, el ser humano es más propenso a desarrollar trastornos psicopatológicos.

¿Cómo, entonces, promover y facilitar un apego sano entre madre e hijo?

Existen diversas experiencias promotoras de apego que, vividas en un ambiente positivo y de amor, generan este primer vínculo, cuya huella marcará la vida futura del individuo.

La primera de ellas es la alimentación, ya sea por lactancia o no, porque brinda un espacio de contacto íntimo entre la madre y el bebé.

En segundo lugar está el contacto corporal. El olor, la voz, las miradas, serán las primeras demostraciones de amor y de comunicación entre la madre y el bebé. Es una relación sentimental basada en el contacto y el inicio de un diálogo que se producirá más adelante a través de las palabras.

En seguida, está la experiencia de tomar al bebé en brazos (holding), que es otra expresión de apego que promueve los procesos de maduración. Cumple esencialmente una función de protección contra todas las experiencias angustiosas, que se sienten desde el nacimiento, ya sean de naturaleza fisiológica, sensorial o psíquica.

Finalmente, está el establecimiento de la empatía: la disposición de la madre  a comprender a su hijo, sentir cuáles son sus necesidades, cuándo está contento y cuándo está molesto y acudir a su llamado. Ello hará que se calmen sus sensaciones de angustia y que aprenda a confiar en la vida y en los otros.

De esta manera el bebé empezará a reconocer y diferenciar a la persona que lo acompaña y lo cuida siempre, y posteriormente mostrará preferencia por esa persona, estará contento con su compañía y se disgustará en su ausencia. Estas son las manifestaciones que indicarán que el desarrollo del vínculo se ha establecido apropiadamente. Este vínculo será la base sobre la cual se desarrollarán los demás vínculos que establecerá con el resto de las personas.

Con ello nos queda claro que antes de poder trascender un apego, hay que formarlo sanamente. No podemos desapegarnos si primero no aprendimos a amar, a confiar y a ser solidarios y compasivos. El apego en la infancia sienta las bases de una vida espiritual de trascendencia del Yo y de valores más del Ser que del Hacer. Al contrario, cuando el vínculo del bebé con su madre no queda sanamente establecido, esta persona tendrá muchas más dificultades para salir de sí misma y mirar al otro. Su baja autoestima y su desconfianza le harán vulnerable al miedo y a la codependencia.

Para dejar ir, primero debemos tener algo que dejar ir. Para trascender el ego, es necesario haber creado un ego que podamos trascender.

Nuestro papel como padres o cuidadores es, antes que nada, amar incondicionalmente. Entregarnos con el corazón abierto para sembrar en esa nueva vida las semillas del amor y la fuerza interior.

Mi consejo: abraza a tu hijo tanto como puedas y todavía un poco más. Míralo a los ojos, regocíjate con su presencia. Háblale, ríete con él, llénalo de besos y hazle saber que en este mundo le espera una vida llena de sueños por cumplir. Cuando sea el momento, él tendrá en sí mismo suficiente amor y confianza para hacerlos realidad.  

Mtra. Marcela Infante Fernández

Acerca de Marcela Infante Fernández

Marcela Infante Fernández
Me especializo en Psicoterapia clínica humanista y transpersonal así como Programación Neurolingüística (PNL), Hipnosis, Psicología de la alimentación y Manejo del Stress. Estudié la Licenciatura en psicología clínica en la UIA y la Maestría en PNL en la UAG. Trabajé como instructora y coordinadora de proyectos en la UIA y el ITAM así como en varios Institutos de psicología y Desarrollo Humano. Soy entrenadora, nivel Master, de PNL e Hipnosis y Socia-fundadora de Reencuadre, S.C. un Instituto de PNL y Coaching. Actualmente Dirijo el Proyecto Renástere, dedicado a promover el aprendizaje, la transformación y la salud humana. Me dedico a la psicoterapia individual y de grupos y a la supervisión de casos. Para consultas y/o información de talleres me puedes escribir a marcelarenastere@gmail.com