Síndrome de Asperger en adultos

“No seas tímida” me decía la mayoría; “No estés triste” me decían los preocupados; y algunos otros simplemente me decían “¿Por qué eres tan rara?”. Lo peor de todo es que era todas y ninguna de esas cosas a la vez. ¿Confuso? Sí, lo es, y mucho. Desafortunadamente, así es la vida para aquellos que sufrimos de lo que hoy se conoce como Síndrome de Asperger, una condición muy poco conocida y muy incomprendida.

            El Síndrome de Asperger es un trastorno neurobiológico que afecta varias áreas del desarrollo y que, dependiendo de la corriente psiquiátrica, suele ser asociado como parte del espectro del autismo; sin embargo, hay expertos que afirman que es un trastorno separado de este último debido a que, en contraste con los que sufren de autismo, las personas con Asperger tienden a desear la aceptación social, pero suelen sufrir dificultades para interactuar con las personas, por lo que les es difícil enfrentarse a las interacciones sociales, y por lo tanto, las evitan. Es decir, algunos de los que sufrimos Asperger sí desearíamos formar parte de un grupo de amigos, o poder ir a una fiesta y convivir con la gente, pero no sabemos cómo. Nuestra condición como Aspies (como nos autonombramos) no nos permitió aprender las habilidades básicas sociales que la mayoría de la gente aprende desde que son bebés, y por lo tanto, cuando crecemos, hay cosas de la sociedad que simplemente no comprendemos.

            El Síndrome de Asperger no tiene cura, sin embargo, si es detectado desde la infancia, se puede tratar con psicoterapia, fármacos y con un plan de educación especial en el que se le enseñe al niño o a la niña estas habilidades que no obtuvo de la misma manera que los demás. Afortunadamente, hoy en día, muchos niños Aspies pueden recibir toda la atención necesaria para poder vivir una vida tranquila; desafortunadamente, este no fue mi caso.

            El Síndrome de Asperger no es “una cosa de niños” como alguna vez me lo llegaron a plantear, es una condición con la que se vive toda la vida, y, desafortunadamente, en el mundo existen muchas personas como yo que simplemente crecieron sin saber que la sufrían. Crecer con Síndrome de Asperger sin ser diagnosticado ni tratado puede ser algo sumamente difícil, no solo por la incomprensión de la gente, sino por la propia incapacidad de comprender lo que uno mismo siente, puesto que, eventualmente, ese gran hueco de autoconocimiento puede conducir a otros trastornos como la depresión y la ansiedad.

            Para mí, crecer sin un tratamiento para el Síndrome de Asperger significó, por una parte, ser tachada por la gente como “la niña rara”, la antisocial que no quería salir ni hablar con nadie y que odiaba a todo el mundo; por otra parte, cuando llegué a la pubertad, me llevó a un gran número de visitas a “médicos expertos” con los que llegué a ser diagnosticada con depresión, personalidad maniaco-depresiva, ansiedad, etcétera. Como es de esperar, los médicos me llenaron de cientos de pastillas para tratar todos estos trastornos, pastillas que causaban efectos secundarios que debían ser tratados con más pastillas, pues, por ejemplo, algunos antidepresivos me causaban insomnio y taquicardia, lo cual se me trataba con pastillas tranquilizantes que a su vez me causaban dolor de cabeza, dolor que me trataban con más pastillas que me causaban gastritis, que, a su vez, me trataban con más pastillas. De esta manera, a los 21 años tomaba un mínimo de 6 pastillas al día, me sentía físicamente enferma y, lo peor de todo, seguía sin poder convivir con las personas, menos ahora que no tenía energía para levantarme.

            El problema con los diferentes médicos que llegué a consultar fue que solo se enfocaban en un síntoma en particular, sin poder verlo como parte de un todo. Sí, sufría de ansiedad pues enfrentarme a la interacción social diaria en una escuela era demasiado para mí, la gente esperaba que reaccionara de una manera o hiciera ciertas cosas que yo simplemente no entendía; claro, también sufría de depresión, pues mi ansiedad por la interacción social me llevó a evitarla por completo, lo que me hacía sentir muy sola; y también sufría de lo que parecían ser ataques maniaco-depresivos, pues hay estímulos del mundo exterior que a veces son demasiado para mi cerebro: mucho ruido, muchos colores, olores, texturas e incluso sabores pueden llegar a saturar a mi mente, lo que me hace querer huir de todo y encerrarme en un lugar tranquilo para dejar descansar a mi cerebro; acción que todos asumían como un cambio drástico de humor.

            Desafortunadamente, después de años de ser diagnosticada con una serie de trastornos, es inevitable que uno se comience a trastornar. La depresión que ya presentaba se agudizó, pasaba días y días sin poder levantarme de mi cama, perdí el interés por todo aquello que me apasionaba, y había días en que lo único que podía hacer era llorar. Este episodio me llevó a un punto en el que me veía tan mal que mi familia decidió llevarme de emergencia a un hospital psiquiátrico, lugar donde el único doctor en guardia era un psiquiatra infantil quien, después de ayudarme a superar mi cuadro depresivo, escuchó toda mi historia y por fin logró ponerle nombre a todo lo que pasaba en mi cabeza.

            El poder darle un nombre a lo que sentía fue mi mejor medicina, pues no solo me ayudó a mí misma a comprender estos sentimientos, sino que también ayudó a las personas que me rodeaban a comprender el porqué de algunas de mis acciones. Además del diagnóstico, también se me ofreció un tratamiento farmacológico para controlar la ansiedad, así como terapias en grupo para poder comprender mejor mi propia condición. Rechacé el tratamiento farmacológico pues no había tenido muy buena experiencia con las pastillas, pero acepté el asistir a terapias grupales que me ayudaron a llenar ese vacío de autoconocimiento que estaba acabando conmigo.

            No voy a mentir, hoy en día, me sigue costando trabajo hacer contacto visual con la gente, me siguen incomodando algunas muestras de afecto como los abrazos y sigo necesitando de momentos de soledad y silencio después de enfrentarme a una sobre carga de estímulos. Sé que nada de esto desaparecerá, pues es parte de la programación de mi cerebro, la gran diferencia radica en que, al entender qué es lo que pasa en mi mente, se lo puedo explicar a otras personas, la mayoría lo entienden y saben que mi dinámica de interacción es diferente a la suya, pero que esto no significa que esté enojada o triste, al contrario, me siento muy feliz, pues de estas personas han surgido grandes amistades.

Con lo anterior no quiero decir que aquellos que simplemente me decían “no seas tímida” me hayan causado problemas o que hayan tenido malas intenciones; lo que busco al escribir este artículo es hacerle ver a las personas que, muchas veces, hay algo más detrás de esa timidez y que hay que prestar atención a las señales que la persona nos está enviando pues ignorarlas puede acarrear serios problemas tanto para las personas con Asperger como para aquellos que las rodean.

            El Síndrome de Asperger es más común de lo que se cree, y sufrirlo no es ninguna pena de muerte ni condena de ningún tipo. Con un tratamiento adecuado, los Aspies pueden llevar una vida tranquila y plena. Si conoces a alguien que puede sufrir de este síndrome infórmate y busca la ayuda de un profesional. En la actualidad existen muchas instituciones especializadas en el Síndrome de Asperger que cuentan con múltiples opciones de tratamiento.

Para más información sobre el Síndrome de Asperger consulta:

-http://www.asperger.org.mx/

Acerca de Editorial ioSoi

Editorial ioSoi
Equipo editorial de iosoi.