(Re)escribir para vivir con atrevimiento

Por Maite Belausteguigoitia

 

A veces parece que la vida se va escribiendo sola. Hasta cierto punto, uno se deja llevar, inocente e inconsciente, por esa cascada de versos, de letras, de signos, de espacios, de líneas, que habitan en el cuerpo, por un cruce inevitable de momentos e historias. De ahí la importancia de cuidarse, no solo de las letras que lleva uno a las espaldas, sino de la manera de escribirlas; porque, a pesar de todo, uno está condenado a ser escritor de su vida; y esa inevitable responsabilidad no deja más remedio que arriesgarse por las buenas historias.

 

Qué importante es saberse protagonista y escribir siempre no en segunda, ni tercera sino en primera persona; no sucumbir a la tentación de salir de escena para entregar las voces y la trama a los otros personajes; y asumir la aventura de ser, simultáneamente, actor y guionista.

 

Escribir raro, escribir bonito, escribir feo, escribir como sea, pero siempre atreverse. A veces uno empieza con esas dolorosas faltas de ortografía que lo hacen sentirse imbécil y vulnerable frente a las convenciones de “lo correcto”. Con los años, cuando se tiene coraje, uno se inventa sus propias reglas y se da cuenta de que a veces “escribir mal” para otros representa escribirse con la más íntima verdad.

 

Solo desde la autenticidad se pueden combinar las letras para formar nuevas palabras, nuevos sentidos, nuevos mundos. Hay que arriesgarse a poner los acentos en donde nos importa que se escuche con fuerza.

 

Para ello es necesaria la precisión de las preguntas, saber cuándo detenerse para poner los signos de interrogación donde deben de ir, y así cambiar el sentido de la historia. La brevedad, la longitud, la frecuencia y la intensidad de las interrogantes son peligrosas. Demasiadas preguntas impiden la acción, el protagonista se congela, la historia avanza, cambia la escena, el capítulo cierra, no hay retorno. Lamentablemente, uno se da cuenta, páginas más adelante, que actuó desde sus respuestas más equivocadas.

 

Uno puede remediar algo de la estupidez de las preguntas y las respuestas con los signos de exclamación. Detenerse para reclamarse a sí mismo y a otros por el atropello de las preguntas, las respuestas, de lo vivido, de lo no vivido, de lo deseado, de lo no deseado, de lo perdido, de posibilidad de recuperar, de la convicción de vivir distinto.

 

De ahí lo crucial de saber poner diferentes puntos. Los dos puntos para definir sinceramente lo que uno busca de la vida, de sí mismo y de otros. Los puntos suspensivos como un recordatorio para abordar en las páginas siguientes lo inconcluso, lo pendiente, lo pausado…

 

Y, lo más difícil, trazar con arrojo el punto final: esa pequeña circunferencia con profundidad de bala, capaz de herir más allá de las capas de la piel, los huesos, los órganos; de atravesarnos el cuerpo sin piedad; de hacernos desangrar por un mínimo agujero; de matarnos. Sin embargo, a veces hay que morir en un lugar para nacer en otro. Nacer distinto, nuevo, más joven, más viejo, más sabio, más consciente, más presente, más maduro, más responsable; porque poner un punto final entraña una determinación a un ser y hacer distinto.

 

Por eso tiene que ser solo un punto; si son dos, tres, cinco, seis, mil… esos son puntos suspensivos y ahí es cuando el retorno de los finales inconcluso entorpece vivir.

Uno tiene que enfrentarse cada día al reto de escribirse, y no solo eso, sino hacer lo mejor posible con los signos que le son arrojados por la vida. Esa lluvia de acentos en los lugares no pedidos, las temibles mayúsculas, los dos puntos que a uno le ponen para definirlo a pesar de su voluntad, la invasión de las frases entre comillas que uno se toma de otros para su vida, el dolor de los puntos finales no pedidos.

No queda más remedio que hacer un inventario de las letras, signos, espacios en blanco, preguntas, respuestas, comas, de puntos… que somos para revolver, sacar, tirar, analizar y hacer una sopa de letras, si es necesario, y así crear algo distinto que nos permita (re)escribirnos a nuestra manera. Porque cada momento es un párrafo, cada día es una hoja, una hoja más, pero también una hoja menos antes del punto final. Vivimos un libro cuya finitud no conocemos, de ahí lo importante de apropiarnos de nuestras letras para escribir con atrevimiento, lo mejor que podamos de nuestra historia.

 

 

 

Maite Belausteguigoitia

Acerca de Maite Belausteguigoitia Ibarrola

Maite Belausteguigoitia Ibarrola
Psicóloga clínica con maestría en Derechos Humanos, actualmente, el principal objetivo de Maite es el de desarrollar una articulación teórica y práctica entre el psicoanálisis y los derechos humanos para trabajar con poblaciones vulnerables desde un enfoque interdisciplinar que promueva la inclusión, el empoderamiento y el reconocimiento de los derechos. Asimismo, es apasionada del psicoanálisis, la literatura y del arte de escribir. Practica yoga, danza y meditación.