¿Por qué y para qué enfermamos?

Por Karina M. Ortiz Guerrero

 

“Somos lo que pensamos”, profundas palabras de Buddha que son, hoy por hoy, parte de un lenguaje común. Ahora bien, si cada vivencia es generada por un patrón o sistema de creencias estaremos de acuerdo en que esto también incluye a los malestares y síntomas físicos. Sobre esto, Louise L. Hay nos pregunta: “¿Qué nos estamos provocando a nosotros mismos con las cosas que nos permitimos pensar?”.

Toda enfermedad es un desequilibrio o desarmonía, cuyo origen son nuestros pensamientos. A esto es a lo que se le llama las causas metafísicas de la enfermedad. Las vibraciones de ciertos pensamientos y emociones afectan la estructura molecular de nuestras células, provocando la enfermedad, que siempre es física; y para muestra basta ver el documental Mensajes del agua de Masaru Emoto.

La enfermedad es resultado de un proceso de generación de contenidos negativos anclados en los cuerpos sutiles (etérico, astral y mental), y si estas cargas se asocian a un sentimiento (cuerpo emocional), y no lo externamos, la energía negativa o de baja vibración se vuelve más densa, pasando al plano físico y creando un bloqueo energético. Este bloqueo impide que fluya la energía vital a través de los chakras y los nadis, y al no ser distribuida y recibida de manera adecuada nuestro cuerpo físico se debilita y enferma.

El cuerpo es solo un vehículo que refleja nuestros estados mentales y emocionales, nuestra vida interior. Siendo así podemos cambiar la perspectiva sobre los procesos de salud-enfermedad. Si lo que experimentamos como enfermedad es un desequilibrio de algo que no estamos percibiendo, ¿no será que la enfermedad, a través de los síntomas, llega para decirnos algo sobre nosotros, algo que ignoramos o para recordarnos aquello que no queremos ver o que tenemos pendiente por resolver?

Cabe hacer una aclaración para entender la dirección de estas palabras, pues hay una enorme diferencia entre enfermedad y síntoma: la enfermedad es un proceso de desequilibrio que se origina en el plano de la consciencia, y el síntoma es una manifestación en el plano corporal.

Y, ¿qué hacemos con los síntomas? Generalmente luchamos en contra de ellos porque los consideramos una molestia, queriendo erradicarlos a como dé lugar. Y también, sobre este punto podríamos cambiar la visión. Desde luego no se trata de soportar dolores terribles, de suprimir tratamientos médicos o no buscar apoyo terapéutico para aliviar los síntomas, solamente sería interesante aceptarlos como una voz, muy sabia por cierto, que da cuenta de lo que está sucediendo a niveles imperceptibles para nosotros.

Todo síntoma es una señal, no es un enemigo sino un aliado que nos obliga a volcar la mirada de afuera hacia dentro de nosotros mismos, regresar a las ideas que causaron los problemas. Como bien dijeron Dethlefsen y Dahlke: “El síntoma será como el maestro que nos ayude a atender nuestro desarrollo y conocimiento. La enfermedad no tiene más que un fin: ayudarnos a subsanar nuestras faltas y hacernos sanos”.

El síntoma tiene su propio lenguaje, un lenguaje fuerte pero honesto; tiene un propósito y un significado. Existe una simbología universal asociada a cada órgano o parte del cuerpo que se relaciona con una emoción y un conflicto determinado, pero también hay que considerar la historia personal y las circunstancias en las que surgió el síntoma. Todo esto le da un sentido diferente a la enfermedad, convirtiéndola en una ruta segura para reestablecer nuestro equilibrio. Y por más extraño que suene, la enfermedad es el principio del proceso de sanación, ¡su objetivo es sanarnos!

Sé que ante cualquier manifestación de enfermedad podemos decretar “No lo acepto”, “Lo borro”, “No lo quiero ni para mí ni para nadie”, etcétera, pero quizás podríamos darnos la oportunidad de dejar de negarla y condenarla, y permitirnos convivir con sus síntomas, ir hacia su encuentro para interrogarlos y así conocernos un poco más.

Finalmente, ¿no es la enfermedad y sus síntomas una elección que ha realizado nuestra alma de manera consciente para crecer y evolucionar?

Om Shanti Om

 

Acerca de Karina Ortiz Guerrero

Karina Ortiz Guerrero
Nací en la CDMX en 1975. Siempre interesada por los misterios del comportamiento humano estudié Psicología Social en la UAM-Xochimilco, posteriormente realicé una Maestría en Estudios de Género en el Colegio de México; he combinado mi vena académica con estudios en Reiki (Maestría en el Sistema Usui Tibetano Tántrico), además de otros cursos y diplomados en Psicología Junguiana, Cuencos Tibetanos, Mindfulness y Budismo. Conocimientos diversos que fundamentan mi quehacer profesional, estoy dedicada al abordaje del campo de la Psicología desde una perspectiva de desarrollo espiritual: Psicoterapia de Reconexión, terapia Reiki en la que incluyo sonoterapia con cuencos tibetanos, imparto cursos de Reiki e iniciaciones en los cuatro niveles del Sistema Usui, facilito cursos de meditación, talleres de Ho’oponopono y de reconciliación de las mujeres con lo femenino.