Mindfulness y nuestra voz interior

Por Alicia Infante

A lo largo de mi práctica de meditación, me he encontrado con todo tipo de obstáculos, desde el escepticismo hasta la desidia, pasando por la justificación de “no tener tiempo” para meditar,  entre muchas otras cosas. Afortunadamente, no hace mucho tiempo, llegó a mi vida el método mindfulness.

Mindfulness es una forma de meditación que podemos hacer de manera formal: sentados con el propósito deliberado de meditar; o informal: mientras manejamos, cocinamos, caminamos, etc. La invitación de mindfulness es a vivir en el momento presente con lo que haya: agradable, desagradable o neutro; bajando de la mente conceptual a las sensaciones de nuestro cuerpo; sensaciones que, por cierto, no estamos acostumbrados a percibir.

Mindfulness me ha enseñado a aprender, a tolerar lo desagradable y a permanecer con ecuanimidad en esa sensación; me ha enseñado también que mientras más aprenda a permanecer ahí, en lo desagradable, hasta que inevitablemente la sensación pase, más podré vivir también lo agradable y reconocer lo neutro. Es decir que mindfulness me ha llevado a vivir de una forma más plena y consciente mi día con día.

Gracias a la práctica constante del mindfulness, por fin empiezo a escuchar mi voz interior, a darme cuenta de mis emociones, sin juzgarlas; a contactar con mi altar interno, con lo sagrado, con esa espiritualidad innata que no sabía que vivía dentro de mí, y que ahora sé que todos tenemos.

Hace poco, durante una práctica de cuatro horas, entre las cuales transcurrieron dos horas en silencio, Alex, el maestro que nos guiaba, ya en la parte final del ejercicio, puso una melodía. Al escuchar la música, comencé a tener imágenes de mi hija cuando nació, después, de cuando tenía dos años… casi todas estas imágenes eran de ella muy pequeñita. Las lágrimas empezaron a brotar sin parar, como si un manantial brotara desde la tierra. La tierra era yo, el manantial era el agua clara o, más bien, el agua que aclara.

Después de dos horas en silencio, solo contactando con el sonido de mi respiración, con los movimientos de mi cuerpo, y siendo amable y compasiva conmigo misma, observando sin juicio alguno los pensamientos que llegaban a mí, mi altar interno se manifestó: mi hija cumpliría 18 años dentro de unos días, y algo se estaba moviendo en mi interior.

De repente, el gozo por la vida y el momento presente se mezclaron con la nostalgia de esas imágenes del pasado (tiempo lineal); pero, para mi alma (tiempo vertical), ella seguía siendo esa pequeñita que iluminó mi vida, y a la que arrullé tantas veces, y que ahora se estaba convirtiendo en una hermosa mujer. Ella, para mí, es las dos cosas.

Esa noche, al apagar la luz para dormir, comprendí la razón por la cual, unos días atrás, estaba inquieta, sensible, vulnerable, y comprendí también la importancia de meditar, de permanecer en silencio para escuchar y atender mi voz interior, permitiendo que lo que tuviera que pasar, pasara, para que mi altar interior se exprese. Esa noche dormí profundamente, uniendo el gozo y la nostalgia, uniendo el pasado con el presente.

Esas dos horas de silencio fueron el puente que unió los opuestos; opuestos que no son irreconciliables, porque uno sin el otro, no existiría.

Aquí te comparto la información del próximo curso por si se te antoja aprender esta deliciosa y profunda técnica.

Alicia Infante

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Acerca de Alicia Infante

Alicia Infante
Diseñadora de modas de origen, la inquietud por conocerme mejor, me llevó a estudiar psicología a una edad madura. Terminé la maestría en terapia de pareja y a lo largo de todos estos años de estudio he descubierto que somos seres con infinitas posibilidades. Son estas posibilidades que se han abierto en mi vida las que comparto día a día con mis pacientes en una mágica retroalimentación que sana nuestras almas. Al ser de corriente Junguiana, parte de esta magia ha sido aprender a reconocer todos los arquetipos que viven dentro de mí en su lado tanto luminoso como oscuro para ir, poco a poco, integrándolos en un proceso de mucha riqueza personal no exento del dolor que implica a veces el crecimiento espiritual.