Los sinsabores de ser “fresa”

Por Maite Belausteguigoitia

«Mejor ni te invito, no te va a gustar porque eres bien fresa», así me dijo ese muchacho antes que pudiera responderle un «sí» a ese concierto de música electrónica y son jarocho al que pretendía invitarme. De ese interesante sincretismo, el son jarocho era lo que más me movía (mucho más que lo electro) pero en el imaginario de esta persona, a «los(as) fresas» no nos gusta bailar al compás de ritmos «guapachosos» y me desinvitó sin derecho a réplica.

¿Soy “lo suficientemente” fresa para ser incapaz de disfrutar algo en la vida? Tal vez tengo esa famosa papa caliente que estaba en el sartén, la que tenía mucho aceite y… ¿cómo me la saco de la boca para no quemarme con mi forma de hablar? ¿Los(as) fresas crecen de las papas? ¿Las fresas crecen por los(as) papás? ¿Los(as) fresas crecen porque la sociedad la riega cosechando gente así?

No sé si me dijo “fresa” porque fui a una escuela católica y privada (para después ir a la IBERO), porque me ve lo suficientemente güerita para serlo, porque sabe que crecí en un mágico rincón de Naucalpan ese que empieza con «T» (mismo que tiene cada vez más belleza a envidiar como la profundidad de los cráteres sobre el asfalto, los innumerables topes sin forma ni sentido), porque uso más el coche que el transporte público, porque pertenezco a cierto sector social, porque voy al centro de la pista y grito a todo pulmón cuando ponen «La Calle de las Sirenas» mientras caracterizo, fielmente, con un enérgico baile cada una de sus frases surrealistas. Todo eso es cierto, no voy a negar que me corre algo de esos sabores frutales por las venas.

Pero entre tanta mermelada de durazno y chabacano, se le olvidó verme como yo soy. Casi con excepción de mi fanatismo por ese pop que marcó la década de los 90s, no he elegido ninguno de los eventos que han inundado de «fresismo» mi vida.

Algo de lo que soy es efecto de cómo el azar me colocó en un frutero, pero por muy afrodisíaco que suene el (sobre)identificarme con el universo de sentidos que se desprenden de esas cinco letras juntas, sé que eso no dice todo de mí.

Superficial. Materialista. Ignorante. Junior. Prepotente. Insensible. Mimada. Snob. Racista. Clasista. Malinchista. Solo algunas características asociadas a ser “fresa” ¿Qué de esto vio en mí sin que yo tuviera tiempo de mostrárselo? Sin duda, en mis 27 primaveras he visto algo de esto en los bellos campos de “fresas” en los que florecen las élites mexicanas. Pero pensar que cualquier persona que nazca en determinado lugar va a encarnar, sin excepción, todo eso, está acertadamente discriminándolo(a). Posiblemente él pensó que como soy una “niña fresa”, represento, en buena medida, toda esa serie de características que me impiden disfrutar de ciertas cosas en la vida, particularmente aquellas alejadas de mi “fresa realidad”.

¿Será que me remarca lo “fresa” porque se siente “naco”? Los(as) “fresas” existen en oposición a los(as) “nacos(as)”, así se les llama, despectivamente, a esas dos caras que representan lo desigual de México.

¿Qué se siente ser “naco” en un país tan racista? La fuerza de esa palabra prehispánica está no en su sonoridad sino en su intensión de denigrar al otro(a) por su origen. Pensé en qué pasaría si él hubiera sido parte de mi “mundo fresa” ¿qué tanto lo hubieran discriminado por ser más “prietito” que “blanquito” en una escuela católica y privada? ¿habría salido en el desfile del día de las madres? ¿lo hubieran escogido para la escolta? ¿hubiera entrado a los “antros fresas”? ¿qué se le habría negado por ser “lo suficientemente naco” según el imaginario de muchos(as)?

Los(as) privilegios de unos(as) son la raíz de la discriminación y las injusticias para muchos otros(as). Uno(a) sostiene al otro(a) en la desigualdad por el simple hecho de existir, en el mejor de los casos, lo hace más allá de su consciencia y voluntad.

¡Qué difícil y qué necesario transparentarnos la piel con la mirada, para ser más justos(as) y construir algo mejor entre y para nosotros(as)!

Entre “los(as) fresas” y “los(as) nacos(as)” hay una asimetría que va más allá de lo económico, para extenderse a lo racial, las costumbres, las palabras, los acentos, los lugares, las tradiciones. Vivimos diferentes países, aunque compartamos la misma tierra. ¿Cómo deconstruir ese muro de prejuicios que nos atraviesa y nos hace imaginarnos sin conocernos?

Mantenemos esa lamentable costumbre de jerarquizar las diferencias de un país multicultural gracias a las huellas de la historia y las consecuencias tan desgarradoras de la desigualdad. Lo amargo de ser “fresa” no es solo que te prejuzguen de una forma por dónde vives, cómo vistes, hablas y eres, es también saber que esa categoría genera condiciones de exclusión y violencia a la mayoría de la gente en tu país.

¿Cómo nos desentrañamos el racismo tan profundo que perpetuamos para vivir sin los sinsabores que nos provoca esta desigualdad? ¿Cómo nos combinamos en nuestros diferentes colores, sabores, orígenes e historias para construir un “mundo donde quepan muchos mundos”?

 

Maite Belausteguigoitia

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