Lo agrio de las “medias naranjas”

Por Maite Belausteguigoitia

 

Esa peligrosa creencia de las “medias naranja”; para empezar, ¿quién dijo que todos(as) somos naranjas? Se le olvido pensar en los kiwis, melones, plátanos, papayas, algún personaje de la “sabiduría popular” tuvo la visión de homologar a la humanidad con una fruta, y no solo eso, sino que decidió hacer el mismo corte, no en tercios, ni octavos, ni cuartos, en mitades. Todos(as) somos la misma fruta, en la misma proporción, con el mismo corte, un corte que funda un sentimiento de no estar completos, que nos hace sangrar en ese agrio jugo, a tal punto que derramamos semillas y gajos en lugar de lágrimas. ¿Qué nos quitaron cuando nos partieron? ¿Qué se fue con ese cuchillo que pensamos que nos lo puede devolver alguna otra naranja? Ahí esta lo desafortunado de la analogía del amor con las frutas cortadas, que se tiene que buscar afuera lo que no se tiene dentro, en otras mitades, en otras ficciones.

 

Y así uno(a) se topa en el amor con algo que parece una naranja, pasa el tiempo y se ve que no es naranja, pero se insiste en que tal vez el sabor no es tan agrío, que lo podrido no está tan podrido, que solo falta esperar un poco de tiempo para que madure y se haga dulce o a que se vaya el invierno y llegue la primavera. Después uno(a) descubre que eso era una tuna, que por eso se espinaba la mano, pero clar,o esa idea de encontrar la naranja a toda costa nos hace confundir las naranjas con las tunas, al punto de lastimarnos algo más allá de las manos.

 

Ahí está el riesgo: verle cara de naranja a todo lo que es otra cosa; pensar que el amor tiene solo una forma, un sabor, una textura, un olor y no como un crisol de sabores que va de lo salado, lo picante, lo agrío, lo dulce, lo agridulce, lo asqueroso, lo delicioso, lo vomitivo…

 

Hay amores que son como las cebollas y te hacen llorar, a veces sin querer, a veces queriendo; o como el ajo que es un olor que se impregna en la boca y en los dedos; otros tan refrescantes como la sandía; otros que se antojan comerse a mordidas como las manzanas, unos que curan como el té de manzanilla o tan suaves como los mangos; tan difíciles como pelar nueces; tan agrios como los limones, o aquellos que aderezan la vida como la sal.

 

Hay amores que son diferentes sabores al mismo tiempo, como las jícamas con limón, los mangos con chile o las fresas con crema. A veces tiene tantos sabores que no sabemos si es un jugo, un coctel, un licuado o una malteada, porque tiene de todo.

 

Hay amores que ni siquiera tienes tiempo de pensar en el sabor, porque te caen del cielo, como las frutas de los árboles. Y tienes que tener cuidado porque te pueden caer en la cabeza o en los pies, pero si te caen al lado, un poco cerca o un poco lejos tienes que pensar si conviene ir por ellos. A veces dejamos de comer eso porque no son naranjas. ¿Para qué comer lo dulce de las peras si nos gusta sufrir por lo agrio de las naranjas? Hay unos muy peligrosos, que te pueden caer como cocos de palmera. Te dan un golpe en la cabeza y te deja en el suelo inconsciente, incluso pueden matarte porque hay cocos que matan, como los amores.

 

Incluso hay amores que saben de una forma y al madurar cambian de sabor, hay los que al inicio son agrios y luego dulces, hay los que son dulces y luego agrios, de lo dulce a lo podrido, de lo agrio a lo maduro, de lo podrido a lo dulce, de lo agrio a lo agrio, de lo dulce a lo dulce. Las estaciones van cambiando y con ello los sabores, y a veces los cambios son tan intensos que ya ni siquiera es la misma cosa, pasa de ser fruta a verdura, pueden salirle flores u hongos, puede transformarse en una rata o en una mariposa. Hay amores que se acaban con los inviernos y otros que se debilitan pero resurgen en el verano.

 

Los amores tiene tantas formas, sabores, colores, destinos, procesos, fondos, momentos, matices, circunstancias, texturas, accidentes, infortunios, aventuras, suertes, alegrías, historias, angustias, que pensar que todo y más puede caber en una fruta partida me resulta como… no sé… agrio, así como las naranjas.

 

Y ahí van los kiwis, las sandías, las fresas, las manzanas, los melones, las aceitunas, las toronjas, los plátanos, las papayas, las mandarinas, los berros, la alfalfa… en una búsqueda ingenua e insaciable de su otra naranja, ignorando no solo su verdadera naturaleza, sino la capacidad de gozar enteramente de su propio sabor.

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Maite Belausteguigoitia

Acerca de Maite Belausteguigoitia Ibarrola

Maite Belausteguigoitia Ibarrola
Psicóloga clínica con maestría en Derechos Humanos, actualmente, el principal objetivo de Maite es el de desarrollar una articulación teórica y práctica entre el psicoanálisis y los derechos humanos para trabajar con poblaciones vulnerables desde un enfoque interdisciplinar que promueva la inclusión, el empoderamiento y el reconocimiento de los derechos. Asimismo, es apasionada del psicoanálisis, la literatura y del arte de escribir. Practica yoga, danza y meditación.