Las heridas de la infancia

Por Claudia Sánchez Musi

 

Muchos de los problemas que se presentan en las relaciones de pareja son provocados por sentimientos y pensamientos que se encuentran enterrados en el inconsciente, y se originan en heridas que recibimos en la infancia.

La unidad con la madre que experimenta un bebé en la matriz le permite sentirse protegido y con todas sus necesidades satisfechas ahí dentro. Para él, este es un lugar seguro en el que la temperatura es la ideal, está cubierto y alimentado. En el mejor de los casos, cuando sus padres son saludables, le procuran amor y desean su nacimiento; y desde ese momento comienza a sentirlo, sabe que lo esperan con cariño y que se preparan para recibirlo. Al nacer, y durante los primeros meses de vida, su sentimiento de unión con la madre se desvanece de modo gradual, para dar paso al impulso de ser un individuo distinto. Su estado esencial de unidad subsiste, pero poco a poco empieza tener consciencia del mundo exterior.

El bebé es un ser con extremas necesidades y demandas, que depende de modo absoluto de los padres para sobrevivir y crecer con salud. A diferencia de los animales, los humanos no podemos sobrevivir si se nos deja solos. Los animales buscan por sí mismos el alimento y el cuidado que necesitan, pero para nosotros es esencial que alguien más nos cuide y nos provea.
Aunque nuestros padres hayan sido amorosos, nunca es suficiente lo que hagan por nosotros cuando somos bebés, dado que también deben cubrir sus propias necesidades. Si un bebé llora demandando algo de la madre y esta necesita hacer otra cosa antes y atenderlo, él se frustra por no ser escuchado y porque ella no está ahí, a su disposición. Esto le produce un profundo dolor, al carecer de la consciencia necesaria para saber que la madre no lo ha abandonado, sino que tuvo que ir a la cocina a calentar la leche. Esos momentos para un bebé son eternos y comienzan a dejar una serie de heridas en su corazón.
Este es el caso más simple y gráfico así como el más deseado. Porque el más deseado, o mejor dicho, el menos grave porque, por desgracia, en ocasiones los padres son más descuidados, y por circunstancias externas, no pueden ocuparse del bebé y lo dejan a cargo de otras personas; entonces las heridas infringidas son más grandes. Ahora bien, si a este tipo de experiencias le sumamos el estado emocional de los padres, que en ocasiones no es del todo sano, las heridas aumentan debido a que el bebé absorbe cualquier tipo de sentimiento.

A medida que el niño crece, busca acercarse al padre y a la madre, pero a veces la respuesta es hostil y vuelve a lesionarlo. Y el proceso se repite. Un ejemplo es el niño que, después de jugar con las lombrices en la tierra, y entra a casa lleno de lodo y corriendo a su madre para decirle lo mucho que la ama y abrazarla. La primera reacción de ella no es precisamente abrazarlo y responder a su manifestación de amor, si no regañarlo porque está muy sucio, y antes de tocarla debe lavarse. Este es uno de los mil ejemplos que podemos recordar de nuestra niñez, y por tales experiencias empezamos a sentir que no merecemos amor a menos que…  estemos limpios, seamos buenos y actuemos conforme a lo que nuestros padres esperan de nosotros.
En este momento de nuestro desarrollo recibimos heridas de otro tipo que atentan contra nuestra verdadera esencia, aquella que en esa edad es aún auténtica y pura. Estas heridas son consecuencia de las condiciones que nos ponen para ser amados.

Al crecer y arribar al momento de elegir una pareja, buscamos a una persona con algunas características de nuestros padres; la intención inconsciente es reconstruir la herida y cubrir las necesidades que no nos fueron satisfechas cuando éramos pequeños. Buscamos que el otro sane nuestras heridas de la infancia, pero esto es imposible dado que él o ella aspiran a lo mismo. Tal vez, en algún momento de la relación, la pareja sienta que ha cubierto estas necesidades pero, llegado el momento, nos damos cuenta de que el otro no nos hace feliz porque nosotros no somos felices, y que somos nosotros quienes debemos tratar de sanarnos, y no esperar a que se presente el príncipe o la princesa que nos salve de nuestro calvario infantil.
Todos estos mecanismos son inconscientes, no percibimos cómo recreamos estas heridas en nuestra vida adulta hasta que volvemos a sentirnos insatisfechos y pedimos ayuda o empezamos a ser conscientes de nosotros mismos.

Todo ser humano sufre heridas en la infancia y a lo largo de la vida, y todas las heridas sanan si dejamos que eso pase.
En el libro Going all the way, Brian y Marcia Gleanson proponen un modelo de relaciones llamadas Matrimonio Excepcional, una de las bases de este trabajo con parejas habla sobre la necesidad de conocer nuestras necesidades infantiles (ellos le llaman Necesidades Históricas) y nuestras Necesidades Maduras para así quitarle el peso que no le corresponde a nuestra pareja cargar y asumir nuestra responsabilidad en la relación. Es común pensar que la relación de pareja está compuesta de un 100% que corresponde a un miembro y el otro 100% que le corresponde al otro miembro, nada más equivocado. Para que quede más claro el punto veamos: yo soy el 100% y dentro de este porcentaje, el 80% corresponde a mi historia, mi educación, mis necesidades infantiles, mis heridas del pasado etc.… y lo que verdaderamente comparto con mi pareja, y que corresponde a tener una relación sana, es el 20% solamente. Del 80% de mi vida, de mi ser, me tengo que hacer cargo yo, no la otra parte, sin embargo, en la mayoría de los casos lanzamos ese costal del 100% al otro, pensando que es su responsabilidad cargar con el paquete entero. La invitación aquí es a que puedas distinguir y reconocer cuáles son tus necesidades infantiles y te hagas cargo de ellas; asimismo, a que tomes el 20% que te corresponde para que tu relación sea más real, basada en un amor maduro.

 

Fragmento del libro escrito por Claudia Sánchez Musi: Pacto de Amor: cómo construir una pareja saludable. Ed. Tártaro: México. Págs: 34-38.

 

Si te interesa leer el libro completo lo puedes adquirir a través de iosoi.la/tienda o escribe a hola@www.iosoi.la

 

 

Acerca de Claudia Sánchez Musi

Claudia Sánchez Musi
Profunda enamorada del Alma Humana, se gradúa en Piscología Clínica, complementando su preparación académica con una serie de herramientas para la sanación. Se especializa en psicoterapia corporal Integrativa, Psicoterapia Biodinámica Boyesen y Psicología Transpersonal. Desde hace 15 años a la fecha se dedica a la psicoterapia individual y grupal así como a la creación de diversos talleres y seminarios. Impartiendo en la actualidad el seminario “El lenguaje del Alma”. Creadora del Programa terapéutico la medicina del Adiós para acompañar a personas en su proceso de separación. En el camino Transpersonal encuentra la magia y la medicina de la tierra que la lleva a estudiar profundamente los diferentes estados de consciencia y las plantas ancestrales de poder cuyo uso aplicado a la psicoterapia ha dado resultados de transformación profunda y sanación en la psique y el alma humana. Especialista en el sistema homeopático-floral “Plantas ancestrales de poder del México antiguo”. Una de sus pasiones es la escritura, autora del libro Pacto de Amor: como construir una pareja saludable. Actualmente radica en san José del Cabo BCS, entre el mar y el desierto rodeada de magia e inspiración colaborando como columnista en diversas revistas y medios. También es mamá de dos hermosos Soles, curandera de almas, y corazones rotos, temazcalera, y amante de la Vida y de la Naturaleza.