La Danza del Vientre: El despertar de la sensualidad dormida

por Cristina Ávila-Zesatti

(Primera parte)

 

En sus orígenes esta danza fue creada por y para las mujeres. Sus primeras ejecutantes, altas sacerdotisas de las culturas más antiguas, guardaban en sus cuerpos los secretos de ‘lo femenino’ y todo el poder encerrado en ello. Sus danzas estaban destinadas a los dioses. De raíces netamente orientales, esta mágica danza, llena de sensualidad y misticismo, conquista ahora a los países occidentales con una fuerza que va más allá de la simple moda. Ejecutarla, dicen los especialistas, equivale a ‘despertar a la diosa’ que habita en cada una de nosotras.

 

“Aunque muchos imaginamos a una seductora joven envuelta en finas gasas y moviendo las caderas y seduciendo a los hombres, no es ese precisamente la esencia pura que invoca este arte ancestral. Así lo afirma Amir Thaleb, autor del libro La Milenaria Danza del Vientre, y uno de los más prestigiosos profesores de esta disciplina en Latinoamérica.

Desde los tiempos más remotos, tanto la danza como la música han constituido parte fundamental de la cultura del hombre, y lo cierto es que especialistas y profesionales del tema aseguran, sin temor a equivocarse, que la llamada “Danza del Vientre” produce en quien la practica una suerte de ‘alquimia interna’, diametralmente distinta a los efectos que pueden derivarse del ejercicio de otras disciplinas corporales.

Basta con observar a una bailarina experimentada para que propios y profanos se vean envueltos en un “halo” de misterio y sensualidad particulares. Y no es casualidad, puesto que esta danza, creada por mujeres y para mujeres, encierra en la ejecución de sus movimientos externos una serie de ‘códigos internos’ que la bailarina siente y transmite. Se trata del despertar del misterio de lo femenino, afirman los estudiosos del tema.

 

Un poco de historia:

La leyenda de las mil y una noches

Situar en un lugar y tiempo determinado el nacimiento de este tipo de baile resulta por demás difícil. Hay quien afirma que nació en el antiguo Egipto, aunque otros autores aseguran que primigenias culturas neolíticas y de sociedades matrilineales indoeuropeas, ya practicaban este culto corporal con fines religiosos.

Sea como fuere, algunas estatuillas que datan de entre el año 4000 a.C. y 1300 a.C., dejan en evidencia que la práctica de esta danza se realizaba eminentemente por mujeres y para mujeres. Sus primeras ejecutantes fueron castas de sacerdotisas, recluidas en templos destinados al culto religioso. Sus bailes rituales se dedicaban a la luna y otras deidades femeninas, y con frecuencia se realizaban en completa desnudez.  Lo hacían para invocar y celebrar la fertilidad: tanto a la humana como a la de la llamada ‘Madre Tierra’.

Con la llegada de las religiones monoteístas, estas y otras prácticas antiguas (hoy llamadas ‘paganas’), fueron prohibidas y consideradas malignas. La casta de las sacerdotisas y las sabias prácticamente desapareció, y las mujeres de aquellos lugares de oriente fueron confinadas al encierro del harén, esta vez en calidad de esclavas; pero fueron ellas, quienes, a pesar de todo, continuaron en secreto con la ejecución y transmisión de estos poderosos bailes femeninos.

La desnudez se vistió, los misterios femeninos se convirtieron en pecado y la mujer se dedicó a bailar solamente para deleite de los señores feudales y los califas. Sin embargo, cuenta la leyenda que Sherezade, la heroína de Las mil y una noches logró sobrevivir no solo gracias a sus encantos, sino, sobre todo, a causa de su astucia para mantener, durante varios cientos de madrugadas, el interés del hombre que planeaba matarla. Estos mismos ‘atributos femeninos’ que logran mantener vivo el misterio hasta transformarlo en seducción, son los que han preservado hasta nuestros días una tradición donde la mujer se funde con los movimientos de la tierra para provocar la vida.

Convertida paulatinamente en mero espectáculo y prohibida por temporadas que van y que vienen, esta danza no sólo subsiste, sino que conserva intacta su capacidad de hipnotismo y persuasión; y quienes la practican a consciencia, conocen el secreto de su peculiar encantamiento, porque “La Danza del Vientre” es un arte cuya fuerza de atracción exterior se centra en el interior de la bailarina. Ella es, en cierto sentido, el proceso alquímico de un cuerpo en movimiento, y así, los espectadores se transmutan en la medida en que la danzarina lo hace mientras baila.

Acerca de Cristina Ávila Zesatti

Cristina Ávila Zesatti
Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad del Valle de Atemajac, Master en Guiones Documentales por la Universidad Complutense de Madrid y Diplomada en Cultura de Paz por la Universidad Autónoma de Barcelona. Esta destacada humanista, pacifista, animalista y periodista nació en Zacatecas, México, de donde escapó a los 18 años para conocer el mundo. Durante su estancia en Europa, fue colaboradora de los semanarios mexicanos Día Siete y EME-EQUIS, con temas de investigación eminentemente sociales. También realizó trabajo voluntario en la Cruz Roja Española, con niñas y niños enfermos de VIH-Sida; en la organización Comunidad Humana de ayuda a niños en el Tíbet, y en la Fundación Mundo 21, a través del portal de noticias sociales Humania TV. En 2008, Cristina Ávila-Zesatti fundó Corresponsal de Paz, un medio digital cuyo contenido está enteramente dedicado a la cobertura del periodismo de paz, y que trabaja bajo una perspectiva noticiosa con enfoque en la compasión, la solución pacífica y la esperanza. Con lectores de más de 70 países, este proyecto fue elegido en 2011 como una de las “25 historias de Paz más inspiradoras del mundo”, por la organización internacional Global Partnership for the Prevention of Armed Conflict con sede en la Haya, Holanda.