La chinga de ser una princesa

Por Maite Belausteguigoitia

Es curioso ver como muchas niñas juegan a ser princesas; las vemos vestidas de la Bella Durmiente, Jazmín, Blanca Nieves, Bella, Cenicienta… La pregunta es, ¿por qué a los niños no les interesa jugar a ser príncipes? Nunca he visto a un niño pidiendo un traje para ser el príncipe Eric, Felipe o la Bestia. Los niños suelen querer ser superhéroes como Spiderman, Batman o Ironman, están más interesados en esto que en convertirse en galanes de cuento.

La segunda pregunta es, ¿qué cuentos nos cuentan a las niñas para querer ser princesas y no superheroínas? En las películas clásicas de Disney podemos ver una peligrosa constante en el papel que tienen las princesas, ninguna de ellas es capaz de rescatarse a sí misma de los peligros que giran en torno a ellas. Este es un mensaje sumamente grave para las niñas y mujeres que hemos crecido con las princesas como un referente de lo femenino: las princesas no pueden solas y necesitan de príncipes azules, verdes, amarillos, que las rescaten del peligro y que las lleven a ese “felices por siempre”. La fórmula en estas películas es que, si quieres estar libre de peligro y llegar a ese estado de bienestar, necesitas a un príncipe.

Nadie ha rescatado a un superhéroe, al contrario, ellos son los que resuelven, luchan y siempre vencen, encarnan altos valores morales. En contraste, las princesas se muestran alienadas de su fuerza, su principal atributo es atraer al príncipe para ser rescatadas.

Mi siguiente pregunta es, ¿por qué las princesas no utilizan su fuerza? Si Disney puede transformar a una sirena en una mujer, a una calabaza en carroza… ¿por qué no pensó en crear princesas con cualidades que les permitan trascender por sí mismas las dificultades que enfrentan?

Desafortunadamente, Disney, Hollywood, la televisión, la sociedad, crean algo peor que las princesas de cuento: las princesas de carne y hueso, mujeres que han sido influidas y comparten con las princesas características como la dependencia, la pasividad, la sensación de desvalimiento; mujeres que creen que los hombres tienen el deber de hacerse cargo de su bienestar y rescatarlas de los dragones que viven dentro de ellas. Lamentablemente, se producen princesas para príncipes que no existen. Para sentirse bonita, valiosa y segura, depende de otro y no de sí misma, según esta lógica. El punto no es ser bonita o ser fea (cualquier cosa que eso signifique y desde el lugar donde se sostenga), sino desde dónde las mujeres son significadas y sometidas a esos parámetros.

A las mujeres se nos inculca, en mucha mayor medida que a los hombres, un sentido de vulnerabilidad y fragilidad que va más allá de nuestras diferencias en fuerza física. La figura de la princesa construye una estética y una trama alrededor del desvalimiento. No es casual que las mujeres mostremos una notable preferencia por lo romántico (películas, novelas) misma que los hombres no suelen mostrar.

Pienso que hay algo del amor romántico que adormece a las mujeres en tantos sentidos, y sobre todo que termina poniéndolas en riesgo. Hay una gran asimetría en la importancia social y la presión que se le da al matrimonio en las mujeres.

Ser una princesa es una chinga: “chingar” por desprenderse de su fuerza para someterse y “chingar” por joderse a sí misma.

Me parece urgente replantearnos este modelo de feminidad y apostar a una identidad que fomente no la dependencia a través del romanticismo, sino el amor propio a través del empoderamiento.

Pienso que una mujer debe trabajar para desentrañarse de las princesas que lleva dentro y constituirse como reina, para gobernar su cuerpo, autoestima, economía, independencia, libertad… desde su fuerza.

Maite Belausteguigoitia

Acerca de Maite Belausteguigoitia Ibarrola

Maite Belausteguigoitia Ibarrola
Psicóloga clínica con maestría en Derechos Humanos, actualmente, el principal objetivo de Maite es el de desarrollar una articulación teórica y práctica entre el psicoanálisis y los derechos humanos para trabajar con poblaciones vulnerables desde un enfoque interdisciplinar que promueva la inclusión, el empoderamiento y el reconocimiento de los derechos. Asimismo, es apasionada del psicoanálisis, la literatura y del arte de escribir. Practica yoga, danza y meditación.