El principio de todo: mi cuerpo (segunda parte)

Por Eloísa Martínez

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De una forma casi generalizada, se nos ha dicho que el concepto que tenemos de nosotros mismos es una construcción que resulta de nuestros primeros vínculos y de las experiencias exitosas o de fracaso que tenemos en los distintos grupos sociales a los que pertenecemos. De tal forma que si nuestras primeras experiencias no fueron gratificantes y dejaron en nosotros un intenso sentimiento de inseguridad y desconfianza, eso será en detrimento de nuestra autoestima.

En efecto, hay condiciones familiares y sociales que resultan más favorables que otras; sin embargo, pienso que justificar nuestra sensación de éxito o fracaso de adultos en estas condiciones primarias, es instalarnos en una posición de víctima y de infantilismo en el que nada podemos hacer por cambiar este «destino». No creo en eso de que «infancia es destino», como tampoco creo en su contraparte que, a mi parecer, son las frases de auto ayuda que adquieren el valor de un pensamiento mágico anulando toda acción como si con solo desearlo nuestra vida pudiera cambiar.

El pensamiento necesariamente tiene que llevar a la acción. Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿Cuál es la acción a seguir?

Esta es mi propuesta: como adultos inmaduros podemos culpar a nuestros padres o a nuestra situación económica, o a quien sea, por la forma en que actualmente nos comportamos; como adultos «racionales» podemos continuar con nuestra lista de cualidades y defectos en una actitud rígida e intolerante donde ya no estamos dispuestos a aprender nada de nosotros mismos, o podemos intentar recordar que somos seres que funcionamos en tres niveles (cuerpo, pensamiento y emoción), y que si logramos re-conocer uno de ellos, pronto los otros dos entrarán en comunión.

A principios del siglo XX se enfatizó el pensamiento lógico y racional en donde todo podía y debía ser explicado por la ciencia. En el último tercio de este mismo siglo, comenzó a hablarse de la inteligencia emocional y de cómo podían actuar en un mismo sentido la lógica y la emoción, desarrollando comportamientos más adecuados a las distintas situaciones; sin embargo, en este mismo siglo se abandonó lo que desde principios de la humanidad ha existido: el cuerpo, que dicho sea de paso, es el nivel sobre el que más control tenemos (o deberíamos tener).

Cuando una madre da a luz, lo primero que hace no es preguntar si fue niña o niño, ni tampoco pregunta a quién se parece más; sino que pregunta si su bebé nació bien. El primer contacto que ella tiene con su bebé no es cuando lo toma entre sus brazos sino cuando lo escucha llorar; y ese primer contacto le permite relajarse y simbólicamente (con su sonrisa, sus lágrimas, su relajación), baña al niño de una potencia infinita: «tú, así completo como estás, podrás hacer lo que tú quieras, porque eres potencialmente perfecto».

Este baño simbólico no quiere decir que el bebé sea en realidad perfecto, pero, en cuanto a capacidad lo es. Esa perfección potencial es la que como adultos tendremos que rescatar, porque a partir de ese momento nuestro cuerpo es la manifestación de nuestro propio deseo y del deseo del otro, y es el puente entre la realidad interna y la realidad externa.

Solo a partir del cuerpo podemos expresar lo que pensamos y lo que sentimos, y también a partir de él interpretamos la realidad. El problema es que insistimos en negarlo y en no escucharlo: está cansado y continuamos trabajando, no admitimos estar tristes aunque la mirada esté baja, los hombros caídos y nuestro volumen de voz haya disminuido; decimos «no estoy enojado» alzando la voz… ¿Cómo puedo aceptarme si no acepto mi propio cuerpo? ¿Cómo puedo aceptarme si no me conozco en mi cuerpo? ¿Cómo me acepto si no me re-conozco?

Conocerse a sí mismo no es solo decir soy gordita, o moreno, o guapo, o alta, o inteligente, o aburrida; sino saber qué me dice de mí misma(o) esa altura, esa inteligencia, esa belleza y qué hago con ellas: cómo las siento, cómo las percibo, cómo las interpreto aquí y ahora.

Uno no es siempre el mismo. Uno es más que una lista de cualidades y defectos porque lo que en un instante fue una cualidad al siguiente es un defecto, y viceversa.

¿De qué depende? Depende de tu cuerpo, de ese ritmo interno marcado por el corazón y la respiración, ese ritmo que puede ser tan intenso como cuando saliste del vientre materno o tan sutil como cuando aún no veías el sol ni la luna, sino a través de los ojos de tu madre.

 

Si después de todo terminaste de leer y tu deseo de valorarte sigue en pie, quiero proponerte el mismo ejercicio de arriba pero ahora con una condición. Vas a hacer tu lista de cualidades y defectos tantas veces como quieras y puedas, pero antes de comenzar a escribir te vas a colocar en una postura cómoda pero alerta, que te permita concentrarte únicamente en tu respiración recorriendo cada parte de tu cuerpo hasta llegar a la cabeza, y una vez ahí, vas a tratar de repasar mentalmente tu día (desde que te levantaste hasta este momento, incluyendo todas las cosas que hiciste y las que dejaste pendientes, ubicando todos los encuentros que tuviste con personas conocidas y extrañas) y ubicando -esto es muy importante- todas las sensaciones corporales que tengas (no sentimientos). Cuando hayas terminado, vas a tomar dos respiraciones profundas y al sacar el aire de la segunda vas a abrir lentamente los ojos entrando en contacto, primero contigo mismo, y luego con el lugar en donde te encuentras.

Ahora sí, escribe tu lista, guárdala y reflexiona sobre ella. Si lo haces más de una vez, al final de todas las veces puedes compararlas y así ¡observar tu proceso!

 

Eloísa Martínez

Con información de serluna.com

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