El cáncer social de la doble moral

Por Andrea Weitzner

En una plática con una chica adolescente con anorexia y tabaquismo agudo me dijo: “fumo para no comer. No me importa morirme de cáncer mientras yo siga delgada. El cáncer es socialmente aceptado, la gordura no”.

La niña, tristemente, tuve que reconocerlo… tenía toda la razón.

No supe qué contestarle. No tenía argumento contundente para contradecirla y a su proceso de raciocinio. Y, dado que opté por respetar su aberrado,  aunque definitivamente no errado pensamiento, me quedé callada. El que calla otorga… De alguna manera le di la razón, pero su argumento a sido motivo de profunda reflexión.

De 30 años a la fecha, hemos taladrado en la psique del ser humano que no ser parte de lo que el entorno impone como sinónimo de belleza es ser parte de los fracasados. Lo verdaderamente alarmante es que este sentimiento racional común mantiene a los desórdenes alimenticios y al “haré lo que sea con tal de verme bien” en pie.

Hemos creado la polaridad de la mortal delgadez, disparando forzosamente la vertiente opuesta del “no poder parar de comer…”. Todo porque no podemos entender que le hemos dado al mundo de las apariencias todo el poder.

Es por esta razón que los jóvenes prefieren estar severamente enfermos por dentro, con tal de que al exterior sigan aparentando ser parte de esa élite esbelta… Élite de un mundo donde lo superfluo es glorificado, y ser menos que atractiva es un crimen que la sociedad cobra caro.

Dado que los desórdenes alimenticios se han convertido en un fenómeno generalizado, el hecho de que alguien los padezca, se ha convertido también en algo socialmente aceptado como algo que hasta a la realeza ha llegado. Todos recordamos la publicidad y popularidad que adquirió la bulimia cuando se persiguió a la princesa Diana… ¡los medios masivos le dieron a algo tan repugnante como el vómito un toque de aristocracia!

El problema de los trastornos alimenticios es de todos: maestros, médicos generales, padres de familia, medios de comunicación, seguros médicos y organismos nacionales e internacionales de salud.

Si no existe una fusión de mentes, en cuanto a honestidad para apuntalar la situación de forma integral, este problema no se resolverá jamás. La honestidad empieza con dejar de tapar el cáncer social.

Las universidades: dejar de cubrir la causa de sus tuberías rotas. Las monjas de las escuelas privadas: evitar cerrar los baños con llave. Los medios de comunicación: mostrar la verdadera cara del problema, orientando sus esfuerzos hacia el saneamiento del contenido de todo cuanto circula actualmente por los medios masivos.

Mientras no se tomen medidas que obliguen a los medios a sanear contenidos, seguiremos siendo un eslabón en la cadena del “delirio del perfeccionismo colectivo”. Cada vez que alguien compra una revista en donde a la mujer se le exhibe como un “conjunto de partes”, está apoyando al problema, y cada vez que compramos una revista en donde este conjunto de partes es “tamaño ficticio Barbie”, estamos siendo parte activa del problema.

Mientras las mentes de los niños y adolescentes actuales no sean expuestas a otro tipo de imágenes, ellos seguirán persiguiendo eso que el establishment ya impuso como sinónimo de “éxito”. La cómoda disociación de la película inédita del perfeccionismo debe terminar. Mientras apoyemos a lo que “se ve bonito” sin importar cómo, estamos −aunque no lo veamos− destruyendo a un ser humano.

Los desórdenes alimenticios son el jinete apocalíptico del milenio donde despiadadamente vivimos una doble moral; el reflejo de la sociedad en donde las apariencias juegan un rol medular. Son una lección que nos confronta con la intolerancia del consumismo del siglo XXI, el mundo de “no solo lo quiere todo perfecto, sino perfecto a la voz de ¡ya!”; confronta al ego una y otra vez con su impaciencia, quebrantándolo, azotándolo, vomitándolo cuantas veces sea necesario, hasta que finalmente la careta narcisista y perfeccionista se quiebra, y el ser literalmente despierta de la ilusión y visión de lo externo como lo más importante.

Este capítulo de nuestra historia lleva el potencial de elevarnos de regreso a nuestra verdadera naturaleza. En cuanto logremos implantar medidas integrales para la solución de este fenómeno histórico, despertaremos de la ilusión del mundo materialista donde las apariencias lo determinan todo.

Tomemos la oportunidad detrás de una enfermedad para regresar a ser íntegros, sanos, vibrantes de verdad. Démosle sentido a la pérdida de tantas vidas. Démosle a las palabras “ser humano” una digna definición de ética, responsabilidad y gallardía.

Andrea Weitzner

Fragmento de su libro: El camino hacia la recuperación de anorexia y bulimia.

Acerca de Andrea Weitzner

Andrea Weitzner
Andrea Weitzner estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana y un Diplomado en Cranfield Inglaterra. "Durante casi una década mi vida estuvo plagada por desórdenes alimenticios. Vencer a mi enfermedad ha sido lo más duro que he tenido que enfrentar, pero en mi búsqueda de la salida literalmente encontré el sentido de la vida." Y a partir de esta experiencia, se dedica a la concientización en servicio de personas con problemas de alimentación. En 2007 fundó la exitosa AW Foundation, implementando programas educativos, terapias y entrenamiento en materia trastornos de la alimentación. (www.desordenesalimenticios.com.mx) Ha escrito muchísimos libros, entre ellos: El camino hacia la recuperación de Anorexia y Bulimia. El A-B-C de los desórdenes alimenticios. Los trastornos alimenticios y relaciones adictivas: cuando amar te destruye. Ayudando a personas con anorexia, bulimia y comer compulsivo. Guía práctica para maestros, terapeutas y médicos. Creando el Cielo en la Tierra. Metamorfología.