Dejarnos vivir desde la vulnerabilidad

Por Susana Gracida

Constantemente escuchamos oraciones como: “cuida de ti” o “ámate”, y cada que las escuchamos nos encontramos asintiendo lentamente, como si estuviésemos conscientes de esta verdad desde siempre. La realidad es que muy pocos mortales saben lo que esto significa, y muchos menos saben realmente cómo amarse y cuidar de sí mismos.

¿Por qué es tan difícil si debería ser la base de todo lo que hacemos? La realidad es que no es difícil ni complicado, solo no sabemos cómo hacerlo. Te preguntarás: “Y, ¿cómo puede ser esto posible?”, pues, si consideramos que nuestro primer acercamiento al quererse a uno mismo y cuidarse es dado por nuestros padres, quienes, a su vez, lo aprendieron de sus padres, pues se empieza a entender la cosa.

Me he dado cuenta, primero en mí y después en mis pacientes y alumnos, de que lo primero que aprendemos es a defendernos de lo que nos hace daño, que no necesariamente es cuidarse. La diferencia radica en que, lo primero, lo hacemos como podemos; es decir, no queremos sentir dolor, entonces empezamos a crear diferentes estructuras para no dejar que el otro se acerque a lastimarnos. Ahí es en donde radica la paradoja. Para amarnos, cuidarnos y poner los límites necesarios para que no se nos acerque o retire lo que nos lastima, lo primero que tenemos que hacer es saber qué es lo que nos hace daño. El problema es que nos hemos insensibilizado tanto que no nos hemos dado cuenta de qué es lo que nos lastima; y entonces, confundimos amor con codependencia, anhelo y carencia, y es así que siempre regresamos a lo mismo.

Lo anterior hace evidente que no sabemos cómo cuidarnos ni de qué cuidarnos. Una pregunta frecuente en mi consulta es: “¿Cómo me amo?” o “¿Cómo me cuido?”. Creo que lo primero que debemos hacer es detectar de qué nos protegemos, cuál es nuestro mayor miedo y cómo nos cubrimos, pues, paradójicamente, al cubrirnos, efectivamente nos protegemos (a veces de algo imaginario), pero resulta que esta protección se convierte en una cárcel que impide también contactar nosotros mismos. De esta manera, lo que nos protege también se vuelve en nuestra contra.

Recuerdo un ejercicio sobre vulnerabilidad que hice en algún curso. Yo siempre había estado muy renuente a sentirme vulnerable, así que me ofrecí de voluntaria. Para este ejercicio, la terapeuta le pidió a los demás participantes que se quitaran la ropa que les fuese posible para dármela. En ese momento, yo protesté, pues no me quedaba la mayoría de las prendas, a lo que mi terapeuta respondió: “Póntela como puedas”. Entonces, me encontré poniéndome la ropa de unas 16 personas como bufanda, calcetines y sombreros, ya que no me quedaba de otra manera. Al terminar, la terapeuta me pidió que cargara bolsas, y yo, muy obediente, las cargué. De inmediato, ella me dijo: “Sonríe”, y yo sonreí; y, para mi sorpresa, ella agregó: “¿Te das cuenta de que, aunque cargas todo esto para protegerte y apenas te puedes mover, aun así haces como si no pasara nada?”. En ese momento empecé a sentir un ligero piquete en mi corazón. La terapeuta me tocó un brazo y yo no sentí nada con la cantidad de ropa que traía encima, pero ella siguió hasta que tuvo que hacerlo con demasiada fuerza para que yo sintiera algo. Ella me preguntó: “¿Te das cuenta de lo que está sucediendo?”. En realidad, yo apenas me daba cuenta, aunque algo se estaba formando en mí. De repente, mi terapeuta tomó una foto y me la mostró, y ahí pude ver lo que yo había hecho conmigo para intentar protegerme. Entonces me quité toda la ropa de encima y ella me quiso tocar con la misma fuerza en el brazo; yo la detuve y le dije, “¡NO!”. En ese momento lo entendí todo: por no haberme querido sentir vulnerable, había hecho una trampa en donde no sentía nada (aparentemente), pero mis emociones también estaban sepultadas, así que tenía congelado el sentir; incluso cuando alguien realmente me lastimaba, no podía ponerle un límite a tiempo, porque no me daba cuenta; y cuando lo pude ver, y pude entender que era vulnerable pero no débil, solo entonces, pude poner límites sanos para no dejarme lastimar.

He ahí la enseñanza que quiero compartir: confundimos vulnerabilidad con debilidad, de tal manera que no nos permitimos ser vulnerables y hacemos grandes corazas que nos impiden sentir. Tanto es así que, en realidad, cuando nos quieren lastimar no podemos detenerlos, porque no nos damos cuenta de que estamos insensibilizados; en cambio, si estamos consientes de nuestra vulnerabilidad, podemos poner límites a las personas o situaciones que nosotros no deseamos cerca.

Venimos a esta vida a vivir y sentir, sin miedo, sin culpa, trascendiendo el dolor. Creo que en necesario darnos la oportunidad de abrir estas corazas para sentir lo positivo, y también para sentir cuando algo no es bueno para nosotros.

A continuación te dejo algunas preguntas útiles para descubrir tus defensas:

  1. ¿Cómo he ido integrando esta defensa?
  2. ¿En qué parte de mi cuerpo siento que se ha quedado esta energía como protección?
  3. ¿He desarrollado más grasa en alguna parte específica del cuerpo?
  4. ¿Qué estoy protegiendo?
  5. ¿Qué tipo de personas se acercan a mí y cómo me relaciono con ellas?
  6. ¿Me doy cuenta cuando son nocivas o confundo los mensajes?
  7. Cuando estoy muy triste, ¿qué es lo que hago para compensarme?
  8. Cuando estoy muy contenta, ¿puedo darme cuenta cuando algo no es bueno para mí?
  9. ¿Me relaciono con personas que pueden ayudarme a ver cuando no me estoy cuidando o me relaciono con personas a las que les divierte que yo no me cuide?
  10. ¿Puedo darme cuenta cuando una persona abusa de mí, de mi tiempo, de mi confianza, por la razón que sea, o yo mismo tengo la consigna de estar siempre a pesar de mí mismo?
  11. ¿Cómo me alimento?
  12. ¿Cómo cuido mi cuerpo? ¿Me ejercito, duermo bien, cuido mi espíritu?
  13. ¿Me permito recibir amor o me pongo como tabla cuando alguien se acerca?
  14. ¿Lo que estoy haciendo ahora me acerca a este amor que quiero que se manifieste en mi vida?
  15. ¿Lo que hago ahora está elevando mi vibración o la está bajando?
  16. Si yo me viera desde un espejo de otra dimensión, ¿me gustaría lo que veo? ¿Qué me diría ese reflejo?
  17. ¿Estoy tomando en cuenta mi condición divina o me siento sin poder alguno para cambiar circunstancias?
  18. ¿Escucho las señales de mi cuerpo cuando me dice que algo no va bien, o dejo que mi mente, mi anhelo o mi carencia me convenza de hacerlo algo que puede lastimarme?
  19. Si fueras una flor o una planta, ¿cómo serias y qué necesitarías? ¿Más agua, sol otro lugar donde estar?
  20. ¿Cómo traduces estos cuidados a ti, aquí y ahora?

Hay que atreverse a vivir y a confiar en nuestra fortaleza interna. Sé que se dice fácil, pero que puede ser muy complicado hacerlo. La cuestión es estar alerta y consciente de qué es lo que puede lastimarnos, y para eso debemos desprendernos de defensas y pensamientos parasitarios para recibir bien los mensajes.

Te recomiendo que, varias veces al día, toques tu corazón y sientas qué está pasando alrededor de ti y qué señales te da tu cuerpo.

 

Acerca de Susana Gracida

Susana Gracida
Estudié comunicación y relaciones públicas, y la maestría en psicoterapia Gestalt. Doy clases de desarrollo humano e inteligencia emocional para diferentes instituciones como Seguridad Pública, Instituto Politécnico Nacional, PEMEX entre otras. Soy terapeuta holística, así que manejo diversas técnicas como: Cromoterapia, Flores de Bach, Aromaterapia, Cuencos Tibetanos, EMF, EFT, Thetahealing, Masaje Atlante, Cristales de Cuarzo... Todas estas las agrupo en una técnica que llamo "Terapia Bio-psicoenergética" y he creado una técnica para reconectar con la fuerza femenina. Asimismo, escribí un pequeño manual de trabajo personal llamado “Liberaciones”, del cual imparto un curso cada 3 meses. También estoy compartiendo al mundo un Oráculo Alquímico.