Las calles del Interior…

Por Bruno Díaz

Son calles que podemos imaginar, dentro de uno mismo.

Calles empolvadas, empedradas o pavimentadas con pendientes e inclinaciones y, claro, muchas planas, rectas o con regodeos; calles… en donde aparecen casas y portales, tiendas y coyunturas con avenidas. Calles que dan a otras calles, o a un río, o que continúan su camino hasta la espesura de un bosque que se traga la ciudad en su verdor.

Callejones de la memoria, donde podemos evocar un juego de canicas y esas sonrisas que aún hoy, resuenan en nuestro atareado oído adulto.

Calles con balcones de la reflexión que miran desde la rutina, hacia el cielo colmado de nubes que pasean, se transfiguran y juegan en el espacio infinito del pensamiento.

Al fondo de esa otra calle, vive un árbol que nos recuerda que todo puede ser casa, con unos maderos, mucha imaginación y esa capacidad de salir al margen del tiempo, hasta que un grito, el de nuestro nombre, nos recordaba que había que comer, hacer la tarea o bañarse.

También hay calles, que imantan la mirada y vamos haciendo con ella, el surco que marca nuestra decepción. Hay calles donde nuestra sombra cae pesada y nuestros pasos parecen gomosos, más gotear pesado que pisadas.

Hay calles que se convirtieron en río, arrastrando hojas y ramas, piedras y momentos, donde titiritábamos nuestra edad toda.

“La calle donde nos conocimos” como dice la canción. También hay calles donde dejamos una memoria, para regresar por ella a veces, más allá de nuestro bien conocido y cuidado mundo cotidiano: memoria fruta para comer a solas, una memoria aroma, para inhalar profundo y dejarnos cubrir por sus notas.

Hay calles que salen de los pueblos empedrados y nos avientan, así, como una pedrada en una carretera que devora el andar del pie, para convertirse en ráfaga de fierros, hule y gasolina, pura velocidad.

Hay calles cerradas como, finales de historia, hay calles que derivan en rotonda y sus cuatro o seis calles giran en un torbellino de sentidos, permanentemente, como los pensamientos recurrentes.

Hay calles con rejas pequeñas o sin rejas, de casas abiertas, cada vez menos, pero que nos dicen qué se siente al abrirse; confiar y hacer y recibir visitas. La comunidad, también somos, solo que ahora con altas rejas y paredes anónimas, nos dicen qué individualidad también somos…

Hay calles que, de tanta belleza, invitan al silencio reverencial y calles tan repletas de ruidos y luces que nos hacen olvidar, un poco por la vía del atolondramiento, nuestras doloridas rutinas y garabateadas y encimadas agendas.

En fin, que hay calles que empiezan donde nuestra memoria, y otras que comienzan donde nuestro pie; hay calles que terminan en un suspiro y otras que terminan cuando lo hace nuestra jornada cotidiana, nuestro descanso o nuestra decisión. Hay calles que surgen cuando callas y otras que se hilan a la siguiente frase de tus palabras, cuando platicas de aquélla cantina o aquélla escuela, donde aquélla vez, conociste la amistad, bajo una resbaladilla asoleada.

Hay calles que se recorren en relatos y otras en los sueños y otras que jamás has recorrido en plena consciencia y que te esperan afuera de tu burbuja de rutinas.

¿En qué calle se posó tu voluntad?, ¿ante qué portal sigue repiqueteando tu corazón?, ¿en qué callejón dejaste tu sombra, y en qué callejuela derramaste tu luz?

¿Cuál es ésa calle que termina, donde empieza el infinito mar de tu consciencia?

Bruno Díaz

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Acerca de Bruno Díaz

Bruno Díaz
Soy Psicólogo de-formación (con y sin guion) y estoy entrenado en psicoterapia transpersonal, ericksoniana y junguiana arquetípica. También soy terapeuta floral. En cada formación (y en la vida), he aprendido y sigo aprendiendo, que hay “algo” muy genuino que empuja desde dentro para ser vivido y así tomar ciertas sendas que nos llevan a lugares de Plenitud. Y también, que ese “algo”, a veces se conduce o se inspira (en el mejor de los casos), pero que también se modifica, reprime o esconde, llevando a lugares de sufrimiento repetitivo. Mi trabajo es acompañarte a darle voz a lo que para ti es genuino y auténtico y que, a veces, aunque te suene extraño toma el disfraz de síntoma, sufrimiento o complicación. Cuando le damos voz, podemos escuchar ese algo, que ansiaba ser reconocido, nombrado y escuchado y que tiene muchas cosas que enseñarnos… Para consultas escríbeme a bruno_d77@hotmail.com