En busca del Santo Grial

Por Jorge Mercado V.

Un buen día, desperté con la poderosa sensación de estar capacitado para emprender con éxito la hazaña que desde antes llevaron a cabo los Caballeros Templarios. La vida me había regalado, desde noches interminablemente oscuras hasta brillantes amaneceres; días que despertaron la radiante sensación de que esos regalos eran semillas que germinaban en la cápsula secreta de mi corazón, que por fin se había roto y ante mí se abría la grandiosa creación del Universo.

Cual Quijote, me engalané con mis mejores armas, llevaba como escudo mi nombre, como lanza la fuerza con la que había enfrentado los retos de la vida, como bandera, traía el orgullo de ser quien era y por supuesto no podía faltar el corcel en el cual galopar, me olvidaba decir que mi corcel era un brioso alazán blanco con crines negras, de gran alzada y portentosa estampa, por eso, ufanamente se bautizaba como Ego. ¡Ellos eran mis compañeros de viaje!

¿Quién podría dudar del éxito que me esperaba? Después de innumerables debates mis familiares aceptaron con resignada tolerancia mi desubicada decisión, ¿los amigos? ¡La de burlas y sarcasmos que me ofrecieron! Esta era la confirmación de lo que en secreto comentaban, yo estaba irremediablemente perturbado, bastaba con recordar mis opiniones salidas de la realidad y peor aún sentencias que quebrantaban la moral y la ética; dilatadas horas que sus tradicionales argumentos no conseguían mover un ápice mi obstinada posición la cual siempre terminaba con un condescendiente ¨bueno pero ….¨ creo que esa era la forma diplomática de zanjar la discusión, obviamente nadie modificó en algo sus creencias. Insulsas participaciones que me daban la ilusoria sensación de ser alguien especial: ¡sabía más que los demás! Y eso daba cuantía a mis pensamientos…

¿Cuánto más amparo podía necesitar? Esos eran los suficientes bríos del corcel que cabalgaba.

Pronto, nuestro viaje localizó praderas de enigmática belleza que mi mente racional le otorgó al Padre su creación. Nítidamente se veía a lo lejos el paisaje de exuberante vegetación donde innumerables manifestaciones de vida se daban cita, ¿Cómo no conmover al alma ante esa extraordinaria muestra de grandiosidad? Casi no podía respirar ante los desbocados saltos que sentía en el corazón. La emoción se adueñó de mi ser y una incontenible lágrima afloró en mis ojos, rápidamente la enjugué, no vaya a ser que alguien la descubriera y dudara del valor de varón que me alentaba.

Y lo dicho, una hermosa y extraña dama en silencio me contemplaba, sentí su mirada en lo más profundo del corazón y su desconcertante pregunta me golpeó como un inesperado mazazo ¿Que hacía, inquirió, tan lejos de mi hogar en estas fechas que se recordaba la natividad? Presuroso me apeé de mi cabalgadura y como niño pillado en falta la saludé con balbuceos que ni recuerdo. Era tan hermosa y fina su figura que imposibilitaba mi verborrea; ¿has comprendido, me preguntó, el significado del pesebre? ¿Es por eso tu viaje?

¡No! Respondí casi indignado ¡Yo voy en busca del Santo Grial y hace mucho dejé esas envolventes tradiciones!

Dulcemente, me invitó a pasar la noche en su sorprendente morada, y mientras duermas, me dijo, reflexiona el simbolismo de esa tradición, verdades ocultas a la sociedad pero permanentes mensajes para un despertar. Con una sonrisa que invitaba a recapacitar quedamente, juraría que incluso sin mover los labios, apuntó ¿Por qué al pesebre se lo sitúa lejos de la civilización? ¿Cuáles son los simbolismos que te instigan a aquietar la mente y las emociones? ¿Quiénes eran los Tres Reyes Magos y cuál su interpretación? ¿Y la estrella fugaz? ¿Quién nació de esos simbolismos?

Mientras reflexionaba en tan infantiles cuestionamientos la dama desapareció de mi vista. Bueno, pensé, mujer al fin. Ya está mi mente jugándome a los laberintos de la racionalidad me dije y acomodándome en el mullido lecho me entregué a los reparadores sueños que recargarán las energías para mi próxima jornada.

Una suave y cálida brisa, acompañada de un concierto de trinos, fue mi despertar. Estupefacto, descubrí que había dormido al pie de un añoso y espléndido árbol. ¿Qué pasó con la dama y su placentero hogar que me ofreció? Urgente busqué con la mirada la ubicación de la casa y consternado vi que hasta donde alcanzaba mi mirada todo era ese pintoresco paisaje salido de la paleta del Padre. Inquieto me cuestioné del encanto de ese encuentro, y ágilmente reinicié mi viaje. Debo confesar que no fue tan placentero, los cuestionamientos de la ¿dama? me acosaban incansablemente.

Ya al ocaso y casi al ingresar en esa tupida selva descubrí a un aborigen que, concentrado en su labor, ni se percató de mi presencia. Ante mi carraspeo dejó su tarea y mirándome como si siempre hubiera estado ahí, me saludó con una explicación de cómo sus cuidados daban vida a esa armoniosa vegetación, a las puertas de una frondosa selva. Cuida tu vida cual jardín que ves, escoge lo que siembras porque eso cosecharás, desecha la mala hierba porque alimentándose de tus plantíos los matará o tornará raquíticos, debilitando tus pensamientos; regula la cantidad de luz solar porque si bien da vida también quema, convirtiéndote en fanático o indiferente; centra tu atención en la mesura y templanza del corazón y no la de la mente. Esta última frase me hizo recordar a la dama que como toda mujer importunaba mi viaje.

De pronto, como reubicándose me miró y humildemente pidió perdón por su ¨chachara¨, desmonté y al acercarme sentí cómo sus ojos taladraban dulcemente mi interior. ¡Qué mirada tan intensamente sosegadora!, me sentía desnudo ante tanta paz y ternura. Otra vez, la inoportuna lágrima asomaba a mis ojos y haciendo soberanos esfuerzos contuve el torrente que amenazaba a seguirla. Así comprendí que yo era el jardinero de mi propio jardín.

No sé de cómo me encontré relatando mi intrigante encuentro con la impertinente dama, me escucho y sus respuestas me dejaron anonadado. La mujer me dijo, es la intuición que llevas dentro y a quien deberías escuchar con mayor frecuencia; el pesebre, dijo, hace ilusión a la cámara secreta del corazón, esa cápsula alejada y protegida de la civilización, de la “educación” y “amaestramiento” al que te someten al nacer; verás que quien lo rodea al niño es el toro como símbolo de la fuerza de tus creencias pero se muestra muy sereno pues está echado; el otro símbolo es el burro, exacta definición de la mente que te guía con pensamientos nacidos de tus experiencias, pero aquí también lo ves aquietado, los Tres Reyes Magos representan a la tercera dimensión, arropado en esos simbolismos duerme tu niño interior pujando por nacer. A ti te toca despertarlo.

Si antes mi corazón se desbordaba en latidos, ante este hombre, parecía un retumbar de relámpagos y truenos. Cual sería mi semblante que, delicadamente, me ayudó a entrar al mundo de los sueños para descansar. Esa noche trabajé como nunca lo había hecho, agotado y consumido por los descubrimientos que se me dieron en solo dos días me entregué a duras reflexiones, sentía el agotamiento de mis nervios, mis brazos y piernas, adormecidas por el esfuerzo, me llevaron a recapacitar los instantes de mi vida y creación.

Al despertar me asombró la energía y vitalidad con que respondía mi cuerpo, lejos de encontrarme abatido por el trabajo nocturno, he aquí que estaba renovado y con unos bríos jamás sentidos. Corrí en busca del aborigen a quien oía ya bregando con su azadón, me avergüenza reconocer que ni sabía cómo se llamaba.

El cálido y sensible recibimiento terminó de colmar mis energías. Con un abrazo y candorosa mirada me despidió no sin antes prevenirme que la selva a la cual ingresaría representaba el cúmulo de sensaciones de vivir intensamente la vida. Y así fue; sentí desorientación, miedo, desprotección, angustia, necesidad de rendirme pero no sé de dónde, ante cada obstáculo, saqué las fuerzas para vencerlo.

Casi al caer la noche encendí una hoguera cuya imagen me dio el calor y la protección que necesitaba y, contemplando la danza y el chisporrotear de las llamas, quedé profundamente dormido.

Otra jornada y un nuevo desafío, el Santo Grial ya debería estar cerca, así me lo decía mi corazón. Al terminar la selva mi esperanza rodó por el despeñadero de la realidad. Ante mí se encontraba una montaña inexpugnable, levantada como una vertical muralla. ¿Cómo escalarla? Tendría que abandonar a mi hermosa cabalgadura y sabía que ella no me dejaría, lo comprobé por cómo me seguía, rodeando conmigo en busca de algún sendero, Ego persistía insistente en acompañarme, pero el pobre ni siquiera podía trepar un simple risco, menos la montaña que me enfrentaba.

Fueron muchos los intentos de encontrar el secreto para ascender y vencer semejante montaña, cada intento terminaba con estrepitosas caídas, ante la mirada divertida de Ego que parecía decirme: ven, monta y regresemos, ¿para qué te desgastas y lastimas así? Sus argumentos terminaron por convencerme pero ante lo oscuro de la noche decidí pernoctar en el lugar, mañana volvería con mi fracaso por bandera. Ego me arropó haciéndome sentir el calor de su compañía y la fuerza de sus razones.

Mi sueño estuvo plagado de visiones cuyas voces repetían incansablemente lo insano de mis fantasías, que la realidad era lo que me tocaba vivir, para eso había nacido, tenía que ser un hombre productivo a la sociedad, no revelarme a sus mandatos, ellos eran los encargados de pensar, yo de obedecer; no tenía ni idea de las consecuencias de mi osadía, el ostracismo del destierro era la menor de las desventuras que me esperaba. El estruendo cada vez mayor de las risas terminó por despertarme.

Lo primero que divisé fue el esqueleto putrefacto de mi amado caballo cubierto por los gusanos que devoraban sus magras carnes. ¡No! No podía ser si solo anoche era una hermosa imagen cuya estampa asombraba a quienes lo conocieran. No podía creerlo me restregué los ojos, volví a abrirlos y ahí estaba de pie, imponente como siempre, incitándome a cabalgarlo para regresar; lo tomé de las riendas y en lo que me daba el impulso para montarlo una débil pero potente voz me dio un ¡alto! ¿Vas a abandonar?

Instante que dio a una suerte de argumentaciones entre mi ego que, atronadoramente, me ofrecía no salir de nuestra cómoda zona de confort y sus beneficios y el débil susurro de mi corazón que repetía: Tú puedes, tú eres, tú puedes…

Recordé a la Dama y al hombre aborigen y tome la decisión de continuar a pesar de las advertencias y hasta amenazas de mi ego.

Las risas resonaban todavía en mi cerebro, aún cuando… ¡Un momento! esta era una risa armónica y llena de vitalidad que contagiaba a reír con ella, con la sonrisa reflejada en mi rostro volteé para descubrir a un niño que alegre festejaba la mañana. Me acerqué para preguntarle qué hacía en ese lugar y su respuesta me trascendió como una jabalina, bajé, me dijo, para subir leña.

¿Cómo? ¿Qué, tú bajaste de la montaña y vas a subir cargando leña?

¿Por qué te asombra? Me dijo.

He pasado todo el día buscando un sendero para subir y no lo he encontrado, respondí.

Porque buscaste con la mente, dijo levantando los hombros, yo lo encuentro escuchando a mi corazón, dicen que soy todavía muy pequeño para haber desarrollado una mente. Yo no vivo en el ayer recriminándome por lo que hice ni en el futuro desgastando mis energías temerosas por sus resultados. Mi vivir es el presente.

Mi aprender es a través del juego, yo no gano el pan con el sudor de mi frente lo gano con la certeza que mi padre proveerá.

Juego para divertirme porque la vida es diversión y no necesito de las normas sino de lo que me agrada, en mí no hay maldad ni bondad, simplemente juego a no lastimar y si acaso me lastimaras, no te guardaría rencor, te perdono y seguimos jugando. Yo no me clasifico de acuerdo a la sociedad, todavía no me enseñaron a hacerlo, yo simplemente Soy. No olvides que al reino de los cielos solo se entra siendo niño y, guiñando divertidamente un ojo, se alejó.

Ya no me interesaba el nombre que yo usaba en esta manifestación ni el orgullo de mi individualidad, ahora sentía que era uno con el Uno.

Y así escuchándolo y aprendiendo de su virginal sencillez, casi sin darme cuenta, ¡había escalado la montaña! Él, riendo con su leña cargada en la espalda, se alejó entre saltitos y carreras, se dio la vuelta y despidiéndose alegremente me dijo, ahora solo te queda conquistar la cima y tú puedes.

Contemplé la cumbre de la montaña y comprendí fugazmente que el Santo Grial era eso, no un objeto físico, una condición, un trascender y, se encontraba en mi recámara secreta del corazón. Su luz y divinidad guiarían mis acciones.

Agradezco a mi intuición femenina que me orientó como al hombre representante del trabajo en la naturaleza que me hizo pisar la verdadera realidad. Pero, sobre todo, a mi niño interior que me dio la fuerza de vencer las creencias revelándose como el cáliz sagrado de ese Santo Grial.

 

Jorge C. Mercado V.

 

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Acerca de Jorge Mercado Velarde

Jorge Mercado Velarde
Originario de La Paz, Bolivia, es un eterno admirador de la vida. Escritor de varios libros, conductor de medios y filósofo de la belleza y del amor.