El Sol, la Luna y un conejo

Leyenda Tolteca

 

Los antiguos dioses vivían en las tinieblas. El Sol y la Tierra habían sido destruídos cuatro veces y la hora señalada había llegado para que el Quinto Sol hiciera su aparición.

Durante veinticinco años, los dioses caminaron en el mundo, sumergidos en sombras. Apenas podían sus ojos ver a la luz de antorchas encendidas.

Tuvieron una reunión en un lugar cercano a la Ciudad de México, llamado Teotihuacán. Sentados en el suelo, formando un círculo alrededor del fuego, discutían el terrible problema de que el Sol no podía crearse a menos que uno de los dioses se sacrificara a las flamas. Largo rato charlaron acerca de las bendiciones que seguirían al mártir.

El más valiente y noble de los dioses se ofreció como víctima. Lentamente se levantó y trató de saltar a las llamas, pero se sentó otra vez, pues tenía miedo.

Entre los dioses había uno chiquito feo y deforme; tenía el cuerpo cubierto de horribles pecas y en su cutis se veía la marca de la ictericia. Sus hermanos lo vieron y le dijeron: “Pequeño, ¿qué quieres tú de la vida? Estás enfermo y feo, y no tienes suerte. Tú serás sacrificado por todos nosotros”. El pequeño dios era bueno y obediente, y no teniendo nada de que arrepentirse saltó a la lumbre.

Detrás de él, el valiente y noble dios, que había fallado antes, se sintió celoso del valor del otro y saltó a las flamas. Los dioses se preguntaban qué pasaría. Dos víctimas habían sido ofrecidas en lugar de una. ¿Habría dos soles? Durante mucho tiempo esperaron. Vieron hacia el este, hacia el sur, al norte y al oeste.

Apostaron con mariposas y culebras respecto al lugar por donde saldría el Sol, pero no acertaban correctamente.

De repente, en glorioso esplendor, un sol salió, brillando en el oriente. Dos o tres horas más tarde, otro sol apareció, tan brillante y magnífico como el primero. Era la Luna.

Los Dioses casi se cegaron con tanta luz, así que tomaron un conejo por las patas traseras y se lo aventaron al segundo sol para disminuirle su brillo, y por eso, hasta hoy en día puede verse en la Luna la forma de un conejo.

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