Diario de una monja budista

Por Margarita Díaz

Con el corazón abierto, llegué a Cuernavaca, Morelos, para internarme durante 10 días en un monasterio en donde recibiría las enseñanzas del Buda.

Convertirme en una monja budista por más de una semana y recibir la técnica ancestral del Budismo Theravada: Vipassana, me producía una mezcla de sensaciones en el estómago, unas de añoranza espiritual, junto con un anhelo infinito de re-encontrar ese espacio sagrado dentro de mí. Sentía “algo” que podría decir que ya sabía, que ya había experimentado antes y que, con todas mis fuerzas, necesitaba re-conectar, solo que esta vez, a través del Budismo.

Un minúsculo cuarto con baño, que agradecí inmensamente, sería mi lugar sagrado para descansar durante esos días en el monasterio.

El retiro inició con una breve introducción al Budismo, el cual nos trae un mensaje muy importante:

“No es una fe en un dios imaginario o alguna deidad ante quien toda responsabilidad es entregada; es fe en el ser humano. El budismo da completa responsabilidad y dignidad al ser humano, y lo hace su propio maestro”.

Antes de recibir la técnica aceptamos los votos sagrados de silencio ¡durante todo ese tiempo!

La gran sala general de meditación, para quizá 100 personas, tomó forma. Los monjes, listos para dar la instrucción de Vipassana, se pararon frente a los muchos devotos que, ilusionados e inquietos, esperábamos iniciar la práctica. Todos vestidos de blanco, el color de la pureza, el color del re-nacimiento, empezamos a postrarnos juntos con la atención centrada en el aquí y el ahora.

Cada movimiento lento, parecía detenido en el instante, después… cambio, movimiento, atención; darme cuenta, palabra, acción, cambio… ¡emoción!

Emoción, me detengo y me hago consciente de lo que hay, sin juicios, y vuelvo de nuevo a la técnica: al aquí y ahora. Todo está centrado en hilvanar cada paso, cada movimiento lento, muy lento. El hilo del aquí y el ahora está presente. Me incorporo atendiendo a cada movimiento en la acción misma y entonces, de reojo, veo una sala llena de seres, hombres y mujeres, vestidos con blancos ropajes sueltos, con las cabezas agachadas y concentrados todos en la técnica de Vipasana. La imagen de devoción y locura me acaricia el alma: excelsa entrega de muchos que, como yo, necesitamos de este refugio para encontrar lo que siempre está allí presente, pero que, en la agitada vida diaria, afuera, ¡no percibimos!

Estoy aquí, estoy dentro de este monasterio, estoy conmigo. Surge un profundo sentimiento de gratitud.

El día pasa en una lucha interna con la técnica de Vipassana y con la mente que se queja y reprocha cada paso, cada acción. El cuerpo adolorido. La mente dispersa. Observo.

Todo lo que el Buda enseñó, la esencia de las enseñanzas del Buda está incluida en “Las Cuatro Nobles Verdades”:

  • La noble verdad del Sufrimiento
  • La noble verdad del Origen del Sufrimiento.
  • La noble verdad de la Cesación del Sufrimiento.
  • La noble verdad que conduce a la Cesación del Sufrimiento.

 

La campana repiquetea muy temprano por la mañana, aun está obscuro y es hora de asistir a la primera meditación del día. La gran sala está llena de monjes vestidos de blanco. La energía me atrapa y me sumerjo en la técnica, sin quejas.

El comedor abre sus puertas, y los alimentos se convierten en un espacio para auto-observar. Amplio buffet lleno de colores y sabores variados con muchas delicias a escoger. El sonido de los platos y cubiertos llena el comedor. Los monjes caminan con la cabeza agachada buscando un lugar donde sentarse a comer en silencio. Yo observo enajenada la belleza del lugar, de los colores de los alimentos, de la decoración cuidadosa y del blanco en movimiento.

Mis primeros platos se desbordan de deliciosos manjares. Puedo observar la cantidad, la necesidad de saciar la ansiedad a través de llenar la boca, a través de llenar el estómago.

Sin embargo, esto también habrá de cambiar a través de la atención consciente. Es algo así como si la voracidad se fuera aminorando y, en su lugar, el maestro interior tomara el timón del cuerpo y de la mente. Comer despacio y en profundo silencio. Disfrutando cada sabor diferente, cada color y combinación de cada bocado, masticar, sentir los jugos que se generan en la boca al masticar y luego tragar despacito, dándome cuenta de cada momento.

Crece en mi interior una auténtica sensación de satisfacción. Al observar lo que hay en el plato, las cantidades de alimento se van reduciendo, porque la necesidad de llenura está en equilibrio. Hay placer interior y gozo de saborear. Es como si la paz invadiese todo mi SER y la comida tomase un espacio, por ahora, diferente del que tenía.

La concentración-atención se afina, y el ego, más sutilmente, empieza a luchar con más fuerza.

Yendo al pasado, donde aún sufro, o al futuro, que proyecto para mí misma, evito el lugar del presente constante. Este es el juego del ego. El ego no puede permanecer en el presente; es algo así como un comportamiento reactivo que se basa en la creencia de que la vida es algo que nos sucede a nosotros y que, por tal motivo, tenemos que imponer nuestra voluntad sobre ella. Como si pudiésemos controlar todo sin responsabilizarnos de nada. Esta ilusión parece real porque estamos viviendo en el tiempo pasado o en el tiempo futuro ya proyectado, sin darnos cuenta de que nuestros pensamientos, palabras y acciones están generando constantemente una causa=efecto.

Observo y me permito quedarme allí en este momento que no tiene una razón. No necesito hacer más, solo voltear la atención una vez más hacia la técnica: “Afuera, adentro… afuera, adentro”; es este movimiento del estómago que me lleva a conectar con lo que no está fuera. No hay tiempo. La atención está en movimiento: “Afuera, adentro, afuera adentro”.

Silencio.Y es este silencio el que me enseña, sin palabras, sin imágenes: silencio sublime; silencio que me lleva a la nada… al presente eterno.

Margarita Díaz

Y esta historia continuará… 

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