Cuando los hijos se van, no es un melodrama

Por Maru Sánchez de Lara.

para Ángel, Monserrat, Mateo y Andoni.

 

Recientemente he estado pensando mucho en ese momento en que los hijos llegan a la, para nosotros los padres, incómoda edad en la que su desarrollo académico o sus proyectos de vida los llevan a estar prácticamente ausentes de casa, o incluso, los obligan a desplazarse a radicar en otra localidad que cuente con la oferta educativa que se requiere para seguir su desarrollo para ingresar, en algún momento, a la vida laboral.

El título de la nota de hoy forma parte del imaginario colectivo de nuestra cultura pues corresponde al de una famosa historia de la narrativa, primero radiofónica, luego cinematográfica finalmente televisiva en México.

Este discurso de los hijos que dejan el hogar parental se trató primero en 1940 en una radionovela cuya versión cinematográfica se produjo en 1941 con un reparto estelar de aquellos tiempos: Doña Sara García y Don Joaquín Pardavé hacían de padres de Raymundo (Emilio Tuero) que es el hijo que abandona la casa de sus padres, y de su envidioso, celoso y resentido hermano José (Carlos López Moctezuma). Por supuesto, la causa por la que Raymundo tiene que salir del hogar paterno es totalmente injusta e injustificada ya que es acusado de un robo que no cometió, cosa que el malo, malote, del personaje de López Moctezuma, aprovecha para “jeringarle”* la vida a su hermanito hacia el que siente una tremenda rivalidad.

El tema de los hijos que “abandonan” el nido resultó ser tan productivo que en 1968 la dinastía Soler llega a las pantallas con una nueva versión de la “Cuando los hijos se van” en la que Don Fernando Soler, dirigido por su hermano Julián y acompañado en pantalla por su hermano Ernesto comparten pantalla con Doña Amparo Rivelles, Alberto Vázquez, Andrea Bonet y Blanca Sánchez, la trama ahora es distinta, la juventud de los 60 en México y en el mundo estaba ya en otro momento. En este caso, el deseo de seguir su vocación y consagrarse como cantante provoca la ruptura familiar del hijo que sale del cascarón a la vida para cumplir su sueño. Para rematar, en 1984 se vuelve a trabajar sobre el concepto de los hijos que se marchan de casa, ahora son Saby Kamalich y Raúl Ramírez los padres de “nada más” 5 hijos que se enfrentan a las vicisitudes del amor y, por qué no decirlo, también a los cuestionamientos de la moral imperante. Una de las hijas (Silvia Pasquel) sostiene una relación de largo plazo con un hombre casado, otro hijo (Enrique Rocha) es un abusivo manipulador que toma ventaja de su novia, la tercer hija (Annabel Ferreira) tiene una relación y matrimonio ejemplar, me pregunto si sería además divertido. El cuarto, (Alejandro Camacho) es un traumadito con complejo de inferioridad que comienza a superar su situación gracias al amor de una buena mujer que valora su ser interior. Por último, la quinta criaturita de este matrimonio (Mercedes Olea) tendrá que ir descubriendo si lo suyo es un amor verdadero o un capricho juvenil. Total, todas melodramáticas historias, en las que se ha retomado una y otra vez el tema, se hace una representación sentimentaloide y superficial de un proceso de crecimiento de los seres humanos que es de gran relevancia e impacto en las familias.

Si abordamos el tema con algo de seriedad, podemos entender que se ha vuelto a él porque es lucrativo, de una u otra manera, todos podemos identificarnos con esos momentos en el desarrollo de la dinámica familiar que requieren de separaciones que resultan dolorosas y que implican procesos de duelo para cada uno de los integrantes del clan. Parecería que el que se va, el chico o la chica que expande sus alas para salir del nido por primera vez, aparentemente no sufre en el proceso, sin embargo, van a hacer acrobacias en el trapecio de su propia vida. Saben, incluso anhelan el momento en que los padres los soltarán, están tan obnubilados por la emoción y, por qué no decirlo, el miedo a lo nuevo y a lo desconocido genera una excitación que, afortunadamente, no les brinda el espacio emocional y mental para conectar y analizar sus sensaciones. Considero que es una fortuna porque quizá, de reflexionar en la ruptura en lugar del proyecto, se acobardarían y no emprenderían el vuelo que les hará seres independientes o, quizá un poco menos dependientes de sus padres. En ellos hay un atolondramiento que resulta benéfico y que les permitirá lanzarse con audacia y coraje en busca de su propio camino.

En contraparte, los padres, que ya recorrimos esos senderos y que vemos con mayor prudencia y precaución lo que sucede en el entorno social, tenemos ataques de terror ante la perspectiva de lo que nuestros hijos podrán enfrentar una vez que se encuentren ejerciendo a plenitud su propio albedrío. Desconfiamos de todo y de todos, sabemos que las situaciones difíciles y dolorosas pueden estar a la vuelta de la esquina y quisiéramos, dado que no podemos cortar alas y atarlos a nuestras faldas/pantalones, blindarlos ante cualquier posible riesgo.

En este punto es donde el quiebre es fuerte, es el momento de confiar plenamente en el trabajo que, por casi 20 años hemos realizado en la crianza de nuestros hijos. Todas las herramientas de sobrevivencia, de protección y auto cuidado que hemos introyectado, conscientemente o inconscientemente, operarán en automático en este ser amado que hoy se aparta de nosotros.

Desde el día de la concepción sabemos que el propósito final de este compromiso parental tendrá una vigencia en esta modalidad de vinculación y que unos 18, 19 o 20 años después, llegará el momento del examen “profesional” para que el joven se integre a la vida adulta. Sin embargo, después de dedicar todo ese tiempo de nuestras vidas a cuidarlos, educarlos y protegerlos, nadie nos preparó para verlos irse. Lo sabíamos, no hay engaño y, sin embargo, no tomamos providencias para manejarlo internamente. El duelo al que nos enfrentamos es grande, no es ningún melodrama como lo ha representado la narrativa nacional en el radio, el cine o la televisión, es una pérdida real de un estatus parental que se ve obligado a replantearse y resignificarse. Hay que dolerse, lamerse las heridas, reconocer ante los seres queridos el sentimiento de pérdida y abrazarse. Idealmente habría que inventar un rito de iniciación a la vida adulta, para que el chamaco o chamaca tome consciencia del paso que está dando, para que los padres ratifiquemos nuestra presencia y disposición a brindar apoyo y que podamos enfrentar el dolor que la propia necesidad de crecer nos genera, además, para que podamos reconocer que la relación con nuestros hijos se inaugura en nuevos términos, en otra cancha y con reglas que van a tener que reescribirse, entre todos los actores, con un protagónico que ha cambiado. Es el momento en que, ellos toman el rol de autores de su destino, es la oportunidad para que “nuestros pequeños”, “nuestros chiquillos”, “nuestros niños” tengan la oportunidad de medirse y valorarse como individuos.

La vida no nos ahorra ninguna posibilidad de aprendizaje aunque duela, no es complaciente. Este momento de vida, en el que los hijos se van, puede estar lleno de ganancias a partir, e incluso, a pesar de la aparente pérdida. No es el melodrama del cine nacional, sin embargo, tenemos la posibilidad de no convertirlo en un drama o una tragedia sino en una oportunidad. Hoy doy “la bendición”, “la patada” como en el teatro, a mi chiquillo o chiquilla, y le doy la bienvenida a este joven adulto en formación que tendrá mil cosas que compartir en su nueva condición, que me enseñará un millón de cosas nuevas a partir de sus vivencias y con el que tengo la oportunidad de establecer un nuevo diálogo, en nuevos términos, para disfrute de ambos.

No me abandona mi hijo, no me abandona mi hija, se transforman para que aprovechemos la ocasión de tener un maestro de vida desde una perspectiva diferente. ¡Sea para bien! Los papás y las mamás también tenemos que graduarnos en algún momento. A partir de ahora, ya con el grado obtenido por haber puesto un ser humano adulto en la vida, inician nuevos aprendizajes, nuevo temas para compartir y nuevos espacios para la convivencia.

¡Felicidades!

Maru Sánchez de Lara

*jeringarle: expresión muy mexicana que se refiere a molestar, intentarle echar a perder la vida, joder… y por el estilo.

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