BÚSQUEDA

Por Jorge Mercado V.

La sentencia irrevocable de expulsarme del paraíso era inapelable, ya sentía la urgencia de abandonar ese edén donde no necesitaba comer, ya que me alimentaban, y ¿respirar? mis pulmones estaban llenos de aire, esa sensación de una comodidad sin nombre y mucha paz, era la cualidad de mi recinto; solo oía el rítmico latir de mi universo y ese latido me brindaba mucha seguridad.

Inexorablemente, se inició ese viaje tormentoso y angustiante a una nueva e inexplorada forma de vida: Estaba naciendo, me estaba preparando para este increíble e incomprensivo periplo.

La luz intensa lastimaba mis ojos, y el rostro de quien sería mi refugio, representaba al amor, venía acompañado por una fragancia exquisita y esa fue mi primera impresión. Un sonido varonil sería en adelante la Ley que marcaría mi vida. A la una la llamaría madre y al otro padre.

Así empezó mi edad de descubridor, creyendo todo cuanto percibía. Atento a las voces que apresaban mi ser. Asombrado, asimilaba las explicaciones de quienes creía eran dueños de la verdad, creí que yo era Jorge, pues así me llamaban, creí en un dios hecho a la medida de mis necesidades, un dios lleno de emociones y sentimientos, creí en las normas que patentizaban al buen ciudadano, creí en la lucha por lo material, creí que moldearía mi comportamiento para vencer a los demás, creí que debía ser mejor que mis acompañantes en esta lucha por posesionarme lo más alto posible en la escala social, creí en el patriotismo defendiendo fronteras. Caí en fanatismos y religiosidades. Pensé que todo lo que quería exigía grandes esfuerzos, en fin creí en todo lo que me dijeron. Y esas creencias fueron el cuerpo y alma de mi personalidad, eran tan fuertes y profundas que se convirtieron en la razón de mi existir, creencias que además defendía a muerte.

El vacío y conformación de todas estas creencias tenían un amargo sabor de incomprensión y desengaño, algo no estaba bien, pero… ¿qué era ese algo? Mi vida me sabía a poco y yo quería más. La disyuntiva era clara: o me conformaba o los confrontaba y me rebelaba. Todavía no sabía que estaba en la edad del niño y probando la vida desde esta tercera dimensión.

Entonces entré a la edad del rebelde, el guerrillero que tenía que cuestionar todo, pensaba que yo era la generación del cambio sin la menor idea de qué tenía que cambiar. Con el impulso de esa rebelión me enfrenté a ese dios ritualista, antropomórfico, vengativo y odiador; sumergido en la religiosidad me aferraba a dogmas y rituales, pasmado confronté normas, costumbres y códigos de ética de las distintas sociedades adentrándome en un vértigo de perspectivas y desafíos sin saber puntualmente a cuál seguir. Me reté a situarme entre los conquistadores a ver si lo material me haría mejor persona queriendo abultar mi personalidad para tener. En esa lucha, todos eran mis rivales a quienes vencer luchando despiadadamente. Sentí que tenía una patria, esa mi tierra necesitaba de quien la defendiera, patria, representada en escudos y banderas las cuales, además de venerar, tenía el juramento de proteger sin importar si derramaba mi sangre o la de otros. Mi rebeldía era contra todo lo externo permitiendo ser la eterna víctima de las circunstancias, de lo injusto de la vida y la indiferencia de la humanidad.

Ese mundo que me mostraban y vivía tenía que cambiar, convencido, lo enfrenté con total ignorancia: Era la vivencia de la tercera dimensión, la del dolor, sufrimiento y dependencia.

Después del porrazo del fracaso de mis creencias, accedí a la edad del místico entendiendo que hasta ahora había vivido en esa enigmática tercera dimensión llena de reglas y creencias rígidas. Frente a la imagen de mi desengaño confronté mis ideas y, la primera luz, fue descubrir que yo no era Jorge, Jorge era el nombre que convencionalmente me otorgaron para este periplo, yo era el espíritu que animaba y llenaba de vida a esa entidad llamada Jorge, existencia perceptible y sujeta a los espejismos de la tercera dimensión, a la que ingresaba bajo el reino y dominio del ego que estructuraba mi personalidad.

Se me develó que nada tenía que cambiar de ese mundo que habitaba, soy yo quien tiene que cambiar independiente del mundo que me rodea, era yo quien tenía que construir el mundo que añoraba. Concebí una nueva relación con el Universo y mi DIOS, sin pretender culparlo de mis éxitos o fracasos, ese desencuentro me otorgaba el vislumbrar la razón de mi existencia.

Busqué en la espiritualidad ya no en la religiosidad. Concluí que a mis padres, si bien los amaba y agradecía sus desvelos y enseñanzas, fueron el nexo necesario por el cual me manifesté a la vida, que yo cumplía un requisito y ellos a su vez cumplían el suyo. Advertí que lo material no es malo ni lo espiritual divino pues todos somos mitad materia mitad espíritu, y en esa dualidad pude observar que la separación es el espejismo más fuerte y denso pues todos somos uno, nada nos separa.

Me di cuenta también, que luchar contra el prójimo es artificial pues él o ella a su vez soy yo, la lucha es conmigo mismo para entender esos testimonios con diáfana comprensión.

No existen conquistadores ni conquistados cada uno está situado en la categoría de su edad y son desde allí mis maestros. Aprendo a vivir en la tan buscada y poco comprendida cuarta dimensión. Esa dimensión no se sitúa en ningún lugar, no es otro mundo, no son los arrebatamientos, ni las carrozas de fuego transportándome a otros universos; son simplemente otra forma de ver y sentir la vida aquí y ahora. Se borra el tiempo, ya no existe pasado ni futuro ¡solo existe el eterno presente! Ahora mis herramientas son los pensamientos y su fuente la mente.

Sé que a esa edad le sigue aquella en la que reconcilio todas las edades para entrar a ser el emperador de mi vida. Aprender a sentir y vivir conscientemente al Padre Universal, sabiendo que siendo Dios también vivo en Dios. Soy Él y estoy en Él sin disociaciones, simplemente SOY, fluyendo en su creación. De momento, esa es la meta a largo plazo; lo hermoso es que ya sé que existe y sé a dónde dirigir mis esfuerzos. Siento y ansío ese sutil estado de la quinta dimensión, ansiedad que me incita a ingresar y conocer.

Jorge Mercado V.

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Acerca de Jorge Mercado Velarde

Jorge Mercado Velarde
Originario de La Paz, Bolivia, es un eterno admirador de la vida. Escritor de varios libros, conductor de medios y filósofo de la belleza y del amor.