Al rescate de la soledad

Por Bruno Díaz

 

En el camino que he elegido, de acompañar a las personas a sus mundos internos e historias revueltas, al sufrimiento, siempre en el camino hacia los anhelos y plenitud, me he topado con el tema de la soledad. Y yo mismo he sido acompañado en más de una ocasión hacia esos parajes.

Cuando le tememos a la soledad, tendemos a encarcelarnos en relaciones llenas de micro-dinámicas de dependencia: “Yo que he hecho esto por ti”, “¿Dónde vas a encontrar quién te quiera más que yo?”, “Me debes tantas cosas”, “Te debo tantas cosas”, “Yo no debería o, debería”, “¿Quién te va a hacer sentir lo que yo?”. Con estas relaciones creemos que nos apartamos cada vez más de la temida soledad, y hasta podemos sentir que respiramos tranquilos alejándola, cuando, en realidad, nos vamos alejando de lo que realmente sentimos, deseamos y queremos, porque creemos que el otro es nuestra salvación y, por tanto, mientras esté el otro, estaré bien. Lo que se traduce en: “Si te vas, te mato o igual de grave, me mato”.

Hay ocasiones también, en las que la soledad se convierte en una especie de refugio, uno que estamos ansiosamente buscando, y, cuando esto es así, nos tornamos rígidos, insensibles, temerosos; y, claro, terminamos deseando lo temido y temiendo lo deseado, miramos desde nuestro refugio frío, lapidario, la felicidad “insulsa” de los demás y nos volvemos anti pasión.

Hemos olvidado, o tal vez nunca nos habían contado acerca de la soledad, de los dones de la soledad y de las soledades compartidas. Aquí, cabe destacar que, cuando digo “soledades compartidas” no me refiero a esconder mi miedo en la presencia del otro y dejar que el otro la esconda en la mía; sino que hablo de poder abrazar la soledad, abrir la propia intimidad a otro, y estar dispuestos a que ese otro nos la abra a nosotros. Así, las relaciones inician y terminan de continuo, en un espacio donde nos une, no la dependencia, sino el misterio, “el misterio de tu intimidad matizando, coloreando, danzando con el misterio de la mía”. Cada uno late distinto, mira diferente y piensa diverso.

¿No es hermoso imaginar una soledad que acompaña, y compañías que abrevan de sus propias soledades? ¿Alguna vez, la belleza de un poema, lo deslumbrante de una pintura, lo impactante de una pieza de música, se ha hecho en otro lugar que no sea en la soledad-intimidad?

Todos necesitamos un tiempo para macerar las vivencias del mundo en las aguas de la soledad. Solo así puede la vivencia devenir experiencia: algo sentido, catado, probado a fondo. Es así como podemos salir de vivencias, relaciones, palabras y qué-haceres prefabricados en serie.

La compañía y las relaciones, se nutren de las horas en las que hemos hecho las paces con la soledad, y de todos los secretos que, en silencio, deposita en nuestras venas y nuestra energía.

La soledad es el lugar, donde puedo llegar a dormir, es la persiana cerrada, el silencio entre melodías. Es el momento, en el que siento brotar una idea, un sentimiento, en los campos de mi consciencia. Es el intervalo en blanco, entre una frase y otra; el apartarse de las miradas enamoradas y de los brazos que contuvieron por un instante, siempre.

Bruno Díaz

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Acerca de Bruno Díaz

Bruno Díaz

Soy Psicólogo de-formación (con y sin guion) y estoy entrenado en psicoterapia transpersonal, ericksoniana y junguiana arquetípica. También soy terapeuta floral.
En cada formación (y en la vida), he aprendido y sigo aprendiendo, que hay “algo” muy genuino que empuja desde dentro para ser vivido y así tomar ciertas sendas que nos llevan a lugares de Plenitud. Y también, que ese “algo”, a veces se conduce o se inspira (en el mejor de los casos), pero que también se modifica, reprime o esconde, llevando a lugares de sufrimiento repetitivo.
Mi trabajo es acompañarte a darle voz a lo que para ti es genuino y auténtico y que, a veces, aunque te suene extraño toma el disfraz de síntoma, sufrimiento o complicación. Cuando le damos voz, podemos escuchar ese algo, que ansiaba ser reconocido, nombrado y escuchado y que tiene muchas cosas que enseñarnos…
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